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15 nov. 2012

Crónicas de una Guerra - Capítulo 2


Capítulo 2.
De lejanos lugares.

El calor y la humedad lo tenían verdaderamente agotado. Aún no podía creer que, siendo invierno, hiciera esa temperatura. Hacía unos diez años que vivía allí y todavía no podía acostumbrarse a ese horrible clima. Las gotas de sudor recorrían su frente y hacían que su ropa se pegara a su cuerpo, lo cual le molestaba, y mucho. Pero lo más insoportable eran sin duda los insectos: realmente los odiaba.
Movió su mano en el aire de forma rápida, para ahuyentar a los mosquitos que intentaban llegar a él, pero sin mucho resultado. Apretó los labios con fuerza y se contuvo las ganas de lanzar una maldición a los cuatro vientos, a la vez que tomaba su botella con agua. No entendía como, teniendo tantos planetas y tantos lugares a dónde ir, sus padres habían elegido la Tierra y, dentro de esta, la selva amazónica, para vivir. Entendía que allí podían pasar perfectamente desapercibidos, pero aún así, estaba más allá de su entendimiento. Luego de tomar un largo sorbo de aquella fresca y cristalina agua, miró hacia adelante, encontrándose con los ojos de su madre que lo miraban como si no entendiera su frustración.
Ella se había convertido en una bióloga bastante reconocida en aquel país, por lo que estar ahí, en medio de la selva tropical, rodeada de una variedad exuberante de plantas y animales la ponía extremadamente feliz; mientras que él, su único hijo, tenía que acarrear con eso. Porque no, no podía simplemente quedarse en su casa mientras ella salía de viaje, podía pasarle algo malo, claro… ¡Cómo si con veinte años no supiera cuidarse solo! O peor aún, ¡cómo si aquel terrible sacrificio los Guerreros Mágicos hubiera sido en vano! Él lo sabía a la perfección, los Guerreros habían logrado detener –y asesinar– a ese demonio psicópata que había querido esclavizar a todo ser viviente en la galaxia hacía unos diez años.
— O vamos, Facundo, no pongas esa cara— le dijo su madre en un perfecto portugués, mostrando esa sonrisa que tantas veces odiaba, pero que también tantas otras amaba.
— Por favor mamá, repíteme que vinimos a hacer aquí, por amor de dios— dijo él en forma de respuesta, también en perfecto portugués. Tenían que hablar el idioma natal cuando estaban cerca de los humanos, después de todo, tenían que mimetizarse con la cultura humana si querían hacerse pasar por unos.
— ¿Cuántas veces más tendré que hacerlo? Estamos haciendo un seguimiento de tortugas Mata-mata.
— Sí, claro… ¿Falta mucho? Me estoy deshidratando— Facundo rodó los ojos al tiempo que hablaba, era un milagro que su madre hubiera dicho el nombre común de la dichosa tortuga. El amaba a los animales tanto como ella, pero prefería dejarlos corretear tranquilos por donde sea que vivieran y no andar caminando por el medio de la selva buscándolos.
Su madre rió levemente antes de responder— Ya casi llegamos al río, no te preocupes— y luego continuó abriendo camino junto a los hombres que los acompañaban con su machete.
El chico volvió a suspirar cansado y se pasó la mano por su cabello castaño rojizo, revolviéndolo un poco, como esperando que de esa forma el calor que sentía se desvaneciera. Pero entonces algo sumamente extraño le ocurrió, algo que jamás le había ocurrido. Sintió como un agudo y candente punzón se clavara en el centro de su pecho y, al mismo tiempo, sintió como su corazón mágico, aquel pequeño artefacto que le daba la vida, vibraba con gran intensidad.
— Mamá…— murmuró de forma apenas audible, en su lengua natal, marciano.
Su madre se giró al instante y lo miró completamente extrañada y algo asustada. Ambos sabían a la perfección que el hecho de que Facundo utilizara el marciano para hablar cuando estaban rodeados por humano significaba que algo andaba mal. Al instante, la mujer de lacio cabello pelirrojo y ojos color miel sostuvo a su hijo en sus brazos, el cual ya estaba casi inconsciente.
— Faer, ¿qué te ocurre? ¿Puedes hablar?
— Mi… mi…— pero el joven no pudo completar la frase, ya que al segundo siguiente se desmayó, mientras su corazón mágico comenzaba a brillar como nunca antes lo había hecho, aún dentro de su pecho.
— ¡Faer!— la mujer gritó casi desesperada, a la vez que miraba a los dos hombres que la acompañaban, los cuales estaban totalmente atónitos ante la situación— Tendrán que disculparme caballeros, pero debo irme— les dijo, volviendo a hablar en el idioma humano.
Y entonces, ante los ojos incrédulos de los dos espectadores humanos, la mujer se rodeó con un Aura violeta y, tomando a su hijo lo mejor que pudo entre sus brazos, se elevó en el aire, para luego desaparecer a la velocidad de la luz, dejando un pequeño rastro de Aura a su paso.
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Había pasado una semana desde el incidente con su corazón mágico y de que había ido al templo del Fuego. Una semana en la que todo había estado inusualmente extraño y eso, debía admitir, la ponía aún más nerviosa. Que hubiera pasado aquello, que el Fuego hubiera revelado los nombres de una nueva generación de Guerreros y que luego no ocurriera absolutamente nada era muy extraño. La última vez, apenas al día siguiente de que Magipcian Magick se le apareciera de la nada y la llevara a Marte por primera vez –según su memoria– habían comenzado a incrementar los problemas. Y, según el propio mago, siempre que eran revelados los nuevos guerreros, era porque el desequilibrio era demasiado grande e inminente.
Pero ahí estaba ella, sentada en la cocina de su departamento, mirando por la ventana hacia la gran ciudad en la cual vivía. A veces se sentía extremadamente sola en aquel lugar, aunque tuviera amigos con los cuales pasaba la mayor parte de sus días, aunque ellos parecían quererla mucho y, aunque ella también los quisiera, no podía evitarlo: se sentía sola en la Tierra. Muchas veces había pensado en abandonar su vida humana y vivir como una Ser Mágico, en Marte, o en cualquier otro planeta de la galaxia, después de todo, su especie se había expandido en todos los rincones de la Vía Láctea. Pero a veces también pensaba que ni siquiera viviendo entre “los suyos” dejaría de sentirse sola. Era un sentimiento extraño, el cual había inundado su corazón desde que los antiguos Guerreros, sus amigos más cercanos, habían muerto.
Cerró los ojos y suspiró profundo, para luego ponerse de pie y salir al balcón. Quizás un poco de aire fresco podría hacer que su mente se despejara. Se apoyó en el barral de metal y se quedó en esa posición, con los ojos cerrados, permitiendo que el viento invernal golpeara su rostro. Ahora que se ponía a pensar, tampoco Tauth había dado señales. Se preguntó si seguiría vivo y si habría recibido su mensaje. No es como si le hubiera mandado un verdadero mensaje, pero se suponía que él –al igual que la antigua raza de Seres Mágicos a la que pertenecía– podía percibir hasta el más mínimo cambio en el equilibrio y podía sentir cuando alguien lo llamaba, a través del Fuego, sin importar que tan lejos estuviera.
Suspiró profundamente y susurró:
— Sólo espero que estés bien…
— Estoy más que bien… ¡Perfecto!— le respondió una alegre voz que la sobresaltó, haciendo que casi cayera del balcón— ¡Ey! No vayas a caerte, ¿qué pensarán tus vecinos humanos si te ven flotando por ahí?— agregó luego, tomándola por la cintura y apegándola a su cuerpo.
— Ayudaría si no te aparecieras de esa forma— dijo en forma de respuesta Candance, completamente invadida de alegría. Cuando él la soltó, ella se giró y lo miró con una enorme sonrisa en su rostro, como hacía mucho no mostraba y se lanzó hacia su cuello, abrazándolo fuertemente—. Te extrañé, Tauth.
El hombre rió y correspondió al abrazo— También yo, pequeña Candance. ¿Cómo has estado?
— Viva, al menos— respondió ella, separándose—. Ven, entremos— agregó luego, haciéndole una seña para que la siguiera.
Tauth era un hombre alto, flaco, de cabello castaño lacio que siempre estaba desordenado y hermosos ojos marrones. Candance no tenía idea de qué edad tenía –y él tampoco le había dicho la verdad jamás– pero no aparentaba más de cuarenta. Su piel era clara y tenía algunas pequeñas pecas en sus mejillas, así como unas bastante grandes patillas. Vestía un traje azul apenas abotonado, debajo del cual llevaba una camisa violeta y, como una burla a la formalidad que aparentaba, zapatillas deportivas. Hacía unos cinco años que no lo veía y, aún así, estaba exactamente igual a aquella ocasión. Si algo había que destacar de los Seres Mágicos de más de cuarenta años de edad, era su increíble capacidad para no envejecer.
Se sentó en el sillón de dos cuerpos que tenía en el improvisado y pequeño living de su casa y Tauth la imitó, sentándose a su lado. El hombre no había dejado de sonreír desde que había llegado, lo que provocaba que ella tampoco pudiera dejar de hacerlo. Era una extraña capacidad que él siempre había tenido sobre ella; eso, y el hecho de que cada vez que lo veía no podía evitar abrazarlo.
— Te vez bien, no has envejecido ni un poquito— le dijo.
Él se encogió de hombros— Tengo mis momentos… Tú te vez enorme, ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me viste?
— Cinco años— respondió la chica, conteniendo la risa— ¿A qué te refieres a “enorme”?— sabía que para él, que podía controlar el tiempo como elemento, los años pasaban de forma distinta— ¿Qué hay de ti, cuánto tiempo pasó?
— Um… déjame pensar…— se revolvió su brillante cabello y luego respondió—. Al menos diez años, de eso estoy seguro— luego se le acercó y le revolvió un poco el cabello—. Y con “enorme” me refiero a que la última vez que te vi eras una niña, ahora ya pareces una mujer.
La chica de ojos celestes no pudo evitar sonrojarse ante aquello y desvió un poco la mirada, por lo cual el hombre lanzó una carcajada. Pero luego se puso serio y le acarició el cabello.
— ¿Aún es difícil, verdad?
Ella volvió su vista hasta los ojos de él, con las cejas caídas— Si, así es.
— Ya encontrarás a alguien, alguien que te haga sentir que no estás sola, ya verás.
— ¿Tú lo encontraste?
No respondió, solo sonrió de lado y volvió a abrazarla— Cada Ser Mágico en la galaxia me recuerda que no estoy solo, Candance, quizás debas pensar en eso también, porque tu además tienes a los humanos.
La chica se acurrucó entre sus brazos, hacía tiempo que no se sentía libre de demostrar lo frágil que se sentía— ¿Pero quién podría reemplazarlos, Tauth? A veces pienso que…
— Ni siquiera lo pienses— la interrumpió él, para separase un poco y tomarle el rostro entre las manos—. Jamás pienses que hubiera sido mejor haber terminado como ellos, jamás, ¿entiendes?
Candance asintió con la cabeza y él le besó la frente, para luego separarse de ella por completo y suspirar.
— Pero no me llamaste solamente para hablar de estas cosas, ¿verdad?— Tauth clavó sus profundos ojos en los celestes de ella.
La chica sonrió débilmente y le mostró su teléfono celular— Fui al templo del Fuego y se revelaron estos nombres.
El hombre tomó el aparato y miró las fotos que había en él, para luego volver su vista a la Guerrera Mágica, con cierto aire de tristeza— Los nuevos Guerreros. Quieres saber quiénes son— Candance asintió con la cabeza, por lo cual Tauth se acomodó en el sillón para quedar literalmente pegado al cuerpo de ella y mostrarle lo que iba traduciendo—. Bueno, hay algo muy curioso sin duda, tu nombre cambió.
La castaña arqueó las cejas, mirando con atención el símbolo que el otro le mostraba— ¿A qué te refieres? ¿Cómo puede haber cambiado mi nombre? Me sigo llamando igual. Además, lo único que puedo identificar en ese idioma es mi nombre, y es el mismo.
Él negó con la cabeza — ¿Ves ese pequeño símbolo abajo a la derecha? Cambió. Antes, la traducción literal era “The Cleaner”, ahora es “The Mentor”. Ahora eres Hadda, la mentora.
— Pero… ¿por qué?
— Probablemente es porque ahora te convertirás en la maestra de los nuevos Guerreros, tu deberás enseñarles lo que es ser un Guerrero Mágico.
— ¿Como lo fue Magick para mí y los demás en el pasado?— Tauth asintió con la cabeza y ella suspiró, para luego mirarlo directamente a los ojos, hacer eso siempre la tranquilizaba, era como si aquellos viejos y sabios ojos penetraran en lo profundo de su alma y la llenaran de paz—. ¿Quiénes son los demás?
— Bueno… La guerrera del agua, “The Carver”, su nombre es Ailish. El guerrero de la ilusión, “The Seer”, su nombre se pronuncia Hanhacil; la guerrera de la tierra, “The Surgeon”, Breena y su hermana, la guerra del rayo, Zealy, que es “The Keeper”.
— ¿Hermanas? Probablemente sea más fácil encontrarlas.
— Si, así es, no muchos hermanos terminan con diferentes elementos. Generalmente, cuando ambos padres son Seres Mágicos, el elemento del padre es el que se hereda.
— Genial… entonces, ¿el del viento y el de la oscuridad?
— Adivinaste— dijo en forma de respuesta el castaño, sonriendo.
— ¿Eh?— Candance lo miró confundida.
— Son chicos— respondió él, para luego reír. Ante la mirada de regaño de la chica, agregó—. Perdona, pero debes sonreír, no te ves bien cuando estás seria.
— Como si viera mejor de cualquier otra manera— susurró la guerrera del fuego resoplando.
— No digas idioteces— el hombre le revolvió el cabello con una sonrisa amable y luego volvió a concentrarse en los símbolos—. Bien, el guerrero del viento, “The Oracle”, también tiene un nombre extraño, se pronuncia Weterick. Y por último, el guerrero de la oscuridad...— hizo una pausa, para volver a mirarla— Faerydae, “The Dark”.
Ella lo miró entre sorprendida y extrañada. Era muy extraño que el Fuego le diera ese nombre a un Guerrero Mágico y, por la cara con la cual Tauth la estaba mirando, él tenía la misma opinión.
— Tendrás que encontrarlo a él lo más rápido que puedas, antes de que quién sea que esté amenazando el equilibrio lo encuentre primero.
— Pero…— no podía ni siquiera pensar en cómo haría para encontrarlo, después de todo, el nombre que tenía era bastante común entre los Seres Mágicos y también lo era el elemento oscuridad. Necesitaría ayuda si quería encontrarlo primero y pensaba encontrarla en las hermanas del rayo y la tierra, por las cuales pensaba ir al instante. Pero antes de que pudiera reprochar algo y como si le hubiera leído el pensamiento –cosa que a veces Candance creía que efectivamente él podía hacer–, Tauth le dijo.
— Yo te ayudaré.
La chicha abrió los ojos de par en par— ¿De verdad?
— ¡Por supuesto!— volvió a revolverle el cabello, por lo cual ella cerró los ojos y resopló— Perdona, pero no puedo evitarlo, ¡eres mi Candance! No puedo no revolverle el cabello a mi pequeña Candance— agregó con total alegría al ver la cara de frustración de la chica.
— Se que quizás tienes como mil años más que yo… pero no me digas pequeña— fue todo lo que respondió la chica, para luego sonreír.
— Bien, entonces…— el hombre se puso de pie, casi de un salto, y le extendió la mano—. No podemos esperar mucho, vamos.
— De acuerdo, pero no tengo mucho tiempo, tengo una vida humana aquí.
Tauth lanzó una risa y le tomó la mano— Candance, si hay algo que tienes conmigo, es tiempo.
La guerrera del fuego sonrió y observó como el hombre se rodeaba con su aura, de un violeta oscuro, por lo cual lo imitó. Al minuto siguiente, volaban a gran velocidad hacia el planeta rojo.
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Se encontraba en la frontera exterior del Sistema Solar. No podía decir que aquel era su lugar favorito en el universo, pero allí gozaba de gran reconocimiento y tenía muchos seguidores, lo cual hacía que sus ánimos subieran, y bastante. El cielo plutoniano estaba completamente oscuro, como durante la mayor parte del tiempo, con solo una pequeña luz bastante brillante, el Sol, por lo que se podían ver bastante bien las demás estrellas, aquellas que se encontraban a cientos –o miles– de años luz de distancia, más allá de lo que muchos podrían llegar a imaginar. Sonrió ante la idea de que él tenía el privilegio de decir que conocía muchas de esas estrellas, después de todo, había tenido diecisiete años para viajar por la galaxia y más allá. Obviamente no había sido por simple ocio, cada una de sus visitas a cada uno de aquellos lejanos lugares había sido estratégicamente planeado; y el momento había llegado, el momento en el que su plan se pondría definitivamente en marcha y él se alzaría ante la galaxia entera como el más poderoso Ser Mágico visto jamás, todos se unirían a su causa o sucumbirían ante su poder… y su ejército mantendría el control en cada planeta de cada sistema, incluso en aquellos no habitados por los Seres Mágicos. Si, la galaxia entera se arrodillaría ante él y, luego, con un poco más de tiempo, caerían las demás, una a una, fundaría el imperio más grande y poderoso que el universo haya visto jamás. Pero antes de pensar siquiera en la dominación galáctica, debía terminar de armar a sus soldados.
Caminó por el desierto páramo del ecuador plutoniano con bastante lentitud. Odiaba la maldita gravedad de ese planeta, y también su atmósfera –o mejor dicho, su no-atmósfera– que lo obligaba a llevar una máscara de oxígeno. Levantó la vista un poco, para contemplar la construcción que se alzaba a unos cuantos metros de él: era la entrada a una plataforma subterránea. La única forma en que la vida podía subsistir en Plutón, el planeta más alejado del Sistema Solar, era bajo tierra, con gravedad y atmósfera artificialmente controladas. Una vez llegó a aquel portal, un guardia, que al igual que él llevaba una máscara para poder respirar, lo saludó con una reverencia y le hizo señas para que lo siguiera.
Entraron al vestíbulo del lugar, el cual se cerró herméticamente y comenzó a llenarse de gases amenos para que ambos pudieran deshacerse de las máscaras.
— “Atmósfera artificial equilibrada”— dijo una voz mecánica cuando las exclusas de aire dejaron de funcionar.
Él se quitó la máscara y miró a quién lo acompañaba, que estaba imitándolo.
— Es un placer verlo, señor— dijo el sujeto, de cabello plateado y ojos violetas.
— ¿Tienen todo listo ya?— preguntó él, sin siquiera saludarlo adecuadamente. Después de todo, él mismo había mandado a construir esa base, él era el jefe, no necesitaba saludar a cada uno de los ineptos empleados que trabajaban ahí.
— Casi. Sígame, por favor.
El sujeto comenzó a caminar y él lo siguió. Todo estaba exactamente igual a la última vez que había estado ahí, hacía unos diez años, cuando había comenzado todo. Avanzaron por un pasillo completamente blanco, con luces en el techo cada tres metros y rejillas de ventilación cada seis –todavía recordaba las medidas exactas–. Al llegar al final, se encontraron cara a cara con una puerta, también completamente blanca, la cual el guardia que lo acompañaba abrió usando su aura, la cual era de un azul oscuro casi negro.
La habitación que apareció ante sus ojos era realmente enorme, de unas tres o cuatro hectáreas, fácilmente. Cientos de hileras de cápsulas cerradas herméticamente, manteniendo en su interior líquido amniótico artificial, la llenaban. Sonrió ante aquella visión, la última vez, había apenas una docena de esas cápsulas, ahora su ejército estaba casi listo.
— ¿Cuántos ejemplares ya están listos para despertar?
— Al menos una centena— respondió su acompañante, mientras comenzaban a caminar tranquilamente por las hileras de receptáculos.
— Genial— observó los seres que se encontraban suspendidos en aquel líquido. Algunos estaban terminando de desarrollarse, mientras que otros, ya completamente listos, se encontraban en animación suspendida.
Aquellos nuevos seres serían sus guerreros, “nacerían” listos para combatir contra cualquiera que se atreviese a revelarse contra su poder… y contra los Guerreros Mágicos. No eran clones, no. Había estado pensándolo por mucho tiempo antes de comenzar a efectuar su plan. Los clones serían demasiado débiles contra los Guerreros, después de todos, aunque fueran sólo siete, estaban entrenados y preparados para defender la galaxia contra cualquiera que intentase someterla. Aquellos eran una nueva raza de seres mágicos, sin corazones mágicos, con una combinación especial de ADN mágico y humano perfecta, con un balance se energía perfecto para ser los soldados perfectos. Sumamente leales, dispuestos a luchar en cualquier tipo de situación, sin otra emoción más que el odio y el orgullo de la lucha y prácticamente indestructibles. Y lo más importante de todo, como no eran clones, tenían individualidad, por lo que serían impredecibles para todos aquellos que no fueran su jefe-creador, es decir, él mismo.
— Perfecto— volvió a decir, cuando pasaron a la sección en donde estaban los soldados listos para ser desconectados de sus cápsulas— Ahora mismo tengo que ir a la Tierra, asique vayan preparando a los que ya estén listos.
— ¿A la Tierra? ¿Qué va a hacer ahí?
— Eso no algo que te incumba a ti… ahora, envía la orden para que los despierten.
— Si señor, claro… Que tenga buen viaje.
No respondió, simplemente giró sobre sus talones y se dispuso a salir de aquella base, para luego dirigirse hacia el planeta de los humanos. Si estaba en lo cierto –y casi siempre lo estaba–, el Fuego ya había revelado a los nuevos Guerreros Mágicos, por lo que debía apresurarse, tenía que encontrar al Guerrero de la Oscuridad y ponerlo de su lado.
— Esta vez no te será tan fácil, mi querida Hadda— fue su pensamiento, cuando, luego de transportarse por descomposición molecular –una ventaja que tenían los Seres Mágicos para ahorrarse volar por el espacio sin oxígeno–, llegó a la Tierra. Más precisamente, a una ciudad del Amazonas.
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Llegaron a la gran biblioteca de Marte luego de unos minutos de “viaje”. En realidad, como Seres Mágicos, podían transportarse de un planeta usando su aura para descomponer cada una de sus moléculas y reagruparlas en su lugar de destino. Candance jamás había entendido como funcionaba aquello con exactitud, por lo que siempre pensaba en ello como si fuera una teletransportación, pero sin ningún aparato que los ayudara, como en las películas y series de ciencia ficción de los humanos. Miró por unos segundos a Tauth, que se encontraba encorvado sobre una pantalla táctil, buscando la ubicación exacta de lo que sea que estaban buscando ahí.
A decir verdad, no creía que en la biblioteca pudieran encontrar el paradero del Guerrero de la Oscuridad, pero no iba a contradecir al hombre, después de todo, él tenía como mil años más de experiencia que ella en encontrar Guerreros Mágicos por la galaxia. Arqueó las cejas y no pudo evitar reír un poco al ver la expresión que el castaño tenía en su rostro, por lo que se le acercó y le susurró, sobresaltándolo un poco.
— Deberías comprarte anteojos.
— ¿Eh?— él levantó la vista y, aún con los ojos entrecerrados y la nariz arrugada, agregó— ¿Por qué dices eso?
Candance volvió a reír— Puede que veas como de treinta, pero sigues siendo un viejo. Necesitas anteojos para leer.
— Bah— Tauth movió su mano en el aire, quitándole importancia al asunto—. Estoy perfectamente bien, en la primavera de mi vida… ¡Incluso me casé! ¿No te lo dije?
— ¿¡Qué!? ¿Cómo que te casaste?— la chica lo miró con una mezcla humor, incredulidad y, por qué no admitirlo, celos— ¿Con quién?
— Una princesa calipsiana… no importa, encontré la ubicación, ¡vamos!— le contestó, para luego sonreír mostrando sus perfectos dientes blancos y tomándola de la mano, arrastrándola por media biblioteca.
— Sí, claro, cambia de tema… ¿Calipsiana? ¿Qué hacías en el Sistema Calipso?
— Estaba en una fiesta, ahora concéntrate y hagamos lo que vinimos a hacer.
— Okey…— continuaron caminando –o mejor dicho trotando– por los pasillos del lugar—. Por cierto, todavía no entiendo por qué estamos aquí.
— ¿Cómo que no lo entiendes? ¿Qué mejor lugar para encontrar a un Ser Mágico que la biblioteca de Marte, en donde se guardan todos los registros de nacimientos de la galaxia?
— ¿Qué? ¿Lo hacen? Creí que el único registro que había de los nacimientos era en el templo del Fuego…
— No, ahí sólo están los de los Guerreros Mágicos… ven, por aquí.
Doblaron a la izquierda, internándose entre las estanterías. La biblioteca de Marte era la más grande de ese sector de la galaxia. Era un edificio monumental que ocupaba gran parte del polo norte del planeta. Tenía paredes increíblemente gruesas, hechas de piedra rojiza y decorada con diamantes importados de un planeta lejano que resplandecían ante la más mínima luz que le diera, por lo que día y noche el edificio parecía estar bañado de luz natural, por lo que aunque pasaras una semana entera en aquel lugar, no te darías cuenta del paso de los días. Las estanterías eran enormes, iban desde el piso hasta el techo, de unos cinco metros de alto, y se decía que habían sido talladas a mano por los Seres Mágicos Primigenios. Sea como fuere, eran verdaderamente hermosas y le daban a la biblioteca un aire de misticismo que a Candance simplemente la fascinaban. Después de unos cuantos minutos llegaron a una zona que, extrañamente, estaba poco iluminada.
— Bien, aquí es… debería de estar… por allá arriba— Tauth señaló hacia el techo y luego comenzó a mirar hacia todos lados—. Pero será mejor que prendamos alguna luz más, ¿no?
La joven lo observó, a veces admiraba la capacidad de su viejo amigo para hacer preguntas retóricas. Pero suponía que era por el hecho de que siempre andaba viajando por el tiempo y el espacio solo, yendo de planeta en planeta, haciendo quién sabía qué.
— ¿Es verdad que ustedes tallaron estas estanterías?
— ¿Um? ¿Nosotros?— se le acercó, al tiempo que las luces se encendían en el área que los rodeaba— Ah, sí, fuimos nosotros— le sonrió y se elevó en el aire, para llegar casi al final de la estantería y comenzar a revisar los lomos de los libros. No pasó mucho para que volviera a descender con un grueso tomo empolvado entre sus manos—. Aquí está, el registro de los Seres Mágicos con elemento oscuridad nacidos entre 1990 y 1991 año terrestre.
— ¿Cómo sabes que nació entre esos años?
Él la miró fijamente y sonrió de lado— Hay cosas que sólo mi raza podía sentir, mi querida Candance. Él tiene veinte años, lo sé.
La chica se encogió de hombros— Si tu lo dices…
Ambos se dirigieron a una gran mesa, de la misma madera que las estanterías, y se sentaron, para poder revisar el registro.
— Creo que tendremos que tener bastante paciencia… Sería mucho más fácil que estuvieran separados por virtud.
— En ese caso todos sabrían quienes son los potenciales Guerreros y sería peligroso, Candance, agradece que están por orden alfabético.
— Tienes razón. Bien…— abrió el libro frente a ambos y fue directamente a la sección “F” — Tu revisa las páginas impares, yo revisaré las pares.
— Sería difícil hacerlo al revés, ¿no crees?— bromeó él, lo que provocó que ella le dirigiera una mirada que fácilmente podría haberlo acuchillado.
Tauth rió y ambos se pusieron a revisar cada uno de los nombres. Era una tarea verdaderamente tediosa, pero al ser dos, podían avanzar más rápido. Después de una hora –o quizás más– de pasar y pasar hojas, el hombre saltó en su asiento.
— ¡Lo encontré!— Candance también dio un salto y lo miró, impaciente—. Faerydae, con virtud amistad, nacido en Marte en mayo del 1990, ambos padres Seres Mágicos, obviamente heredó su elemento de su padre, su madre es de elemento agua.
— ¡Genial! Ahora sólo tenemos que encontrarlos, y por suerte están aquí--
— No lo creas— la interrumpió— nació en el ’90, justo en medio de la gran guerra en la que luchó la generación de Guerreros de tu madre, probablemente ya no viven en Marte, en esa época los Seres de oscuridad eran perseguidos, los querían exterminar.
La castaña lanzó un largo suspiro— Genial, ¿cómo se supone que sabremos a qué planeta se fueron?
— Oh, eso es fácil… la pregunta es, a qué país de ese planeta fueron.
— ¿País? ¿Crees que están en la Tierra?
— ¿Dónde más te esconderías si eres un Ser Mágico perseguido por los tuyos que entre los humanos, que no saben de nuestra existencia? Mírate a ti, o mejor dicho a tu madre, ella te escondió en la Tierra para protegerte.
— Bien, tienes razón, pero aún así, ¿cómo lo encontraremos?
Tauth se levantó, tomó el libro y lo devolvió a su ubicación original, para luego tomar a Candance de ambas manos y sonreírle.
— Vas a viajar en el tiempo Candance… Iremos exactamente al momento de su nacimiento y le preguntaremos amablemente a su padre a dónde piensan exiliarse.
La chica abrió los ojos de par en par, sería la primera vez que viajaría en el tiempo, pero aún así, había algo que no entendía.
— ¿Y pretendes que él te diga sin más a dónde van a ir? Tu mismo lo dijiste, van a exiliarse, no querrán que nadie sepa a dónde van.
El hombre se puso serio— Ambos sabemos que ninguno de los dos tiene las manos precisamente limpias de sangre, pequeña.
— ¿Ser Mágico de la ilusión?— preguntó simplemente ella, sabía a lo que se refería. Ella era una guerrera, lo quisiera admitir o no, había acabado con la vida de más de un Ser Mágico en su corta vida. Y los que poseían como elemento la ilusión podía meterse en la mente de los demás y –entre otras cosas– sacar información. Tauth asintió con la cabeza— Bien, vamos.
El hombre se rodeó con su aura violácea por completo, haciendo que sus ojos brillaran del mismo color. Aún sosteniendo las manos de Candance, hizo que su aura la rodeara también y entonces pareció como un fuerte viento de se hubiera levantado de repente, pero solo alrededor de ambos. La chica sólo pestañó una vez, pero cuando volvió a abrir los ojos, todo había vuelto a la normalidad y el hombre seguía frente a ella, nuevamente con sus bellos ojos marrones, mirándola con una sonrisa leve.
— Ven— le susurró. Seguían en la biblioteca, pero se sentía completamente diferente. De hecho, podían escucharse fuertes murmullos, como de personas gritando en la lejanía, probablemente provenientes de afuera. Él la tomó de la mano y comenzaron a correr por entre las estanterías rápidamente, hasta llegar a una de las puertas secundarias—. Debemos ir a su casa, pero con cuidado, estamos en medio de la guerra.
Candance asintió y ambos, sin soltarse en ningún momento, comenzaron a volar. Marte se veía completamente diferente: muchas personas volaban rápidamente de un lugar a otro, se veían destellos de explosiones en la lejanía y los edificios cercanos a la biblioteca estaban completamente en llamas. Pero no solo eso, a lo lejos también se veía una gran muralla. Candance la recordaba bien, en la actualidad aún estaban las ruinas y ella misma la había visto entera: la gran muralla que cruzaba por el ecuador todo el planeta, dividiéndolo en dos mitades, elevando no solo una barrera física, sino también un campo de fuerza entre los dos hemisferios. Había sido construía en el siglo XVII terrestre y pretendía separar a los que en esa época se llamaban “Seres Mágicos oscuros” de los “Seres Mágicos de luz”. Era una separación completamente sin sentido, que los Guerreros Mágicos habían intentado desmoronar por siglos, hasta que, luego de la guerra que estaban presenciando en mismo instante, había caído por completo. Aún así, la muralla física había persistido hasta las batallas que ella y sus amigos, como Guerreros Mágicos, habían luchado en 2002.
Luego de varios minutos de volar, tratando de parecer una pareja más tratando de escapar de la destrucción, llegaron a la que, se suponía, era la vivienda del futuro Guerrero de la oscuridad. Era una pequeña casa cerca de la muralla, exactamente idéntica a las que la rodeaban, posiblemente para pasar desapercibida. Se escondieron en un callejón cercano, desde donde podían ver perfectamente si alguien entraba o salía de ella.
No tuvieron que esperar mucho, ya que un hombre llegó, completamente nervioso. Tenía el cabello castaño y vestía ropas informales, de las que en esa época se usaban en la Tierra; aún así, se notaba bastante que había estado en el campo de batalla, ya que no solo estaba exhausto y nervioso, sino que también estaba sucio, herido y desarreglado. Rápidamente entró en su casa y Candance y Tauth salieron de su escondite. No pasaron más de cinco minutos hasta que el hombre volvió a salir, esta vez seguido de una mujer de largo y lacio cabello pelirrojo que llevaba en sus brazos a un bebé. Ambos miraron a todos lados en cuanto salieron y, por supuesto, notaron su presencia.
— ¡¿Quiénes son ustedes?!— gritó el hombre, rodeándose automáticamente con su oscura aura negra y los ojos brillando del mismo color.
Tauth levantó sus brazos, por lo que Candance lo imitó, y se les acercó más— Tranquilo, no les haremos daño… ¿Su hijo acaba de nacer?— ninguno respondió y la mujer rodeó más fuertemente a su hijo con los brazos, apegándolo a su pecho— Sólo queremos saber… su nombre.
Candance vio como los ojos de su amigo volvían a brillar del color de aura: había comenzando a usar los poderes de la ilusión para hacer que les respondieran lo que querían saber.
— Su… su nombre es Faerydae— respondió en un susurro la mujer.
Tauth miró de reojo a la chica, que estaba a su lado, y le sonrió— Bonito nombre, estoy seguro de que será un gran y valiente Ser Mágico— en ese momento se sintió una enorme explosión en las cercanías, probablemente los Guerreros estaban tratando de demoler la muralla. Ambos padres miraron preocupados hacia el lugar de la explosión y a continuación volvieron su vista a ellos, momento en que Tauth preguntó— ¿A dónde irán?
— A la Tierra— respondió esta vez el hombre, como si escupiera las palabras.
— Si, pero… ¿A dónde?
— A Brasil… En el medio de la selva amazónica, jamás nos encontrarán ahí— volvió a decir el hombre.
— Entiendo… Muchas gracias… Cuiden bien de su hijo.
Y dicho esto ambos se giraron y se alejaron en dirección contraria, dejando a los primerizos padres solos, parados frente a su puerta, los cuales a los pocos minutos se desvanecieron sin dejar rastro, escapando de aquel terrible lugar.
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— Bien— dijo el castaño, una vez estuvieron de nuevo en su tiempo, mientras caminaban por las ahora tranquilas calles de la ciudad capital de Marte— Ya sabemos a dónde ir, ¡Brasil!
— Si… ¿pudiste ver algo dentro de su mente? ¿El nombre de una ciudad o algo? Brasil no es precisamente pequeño y la selva amazónica…
— Es un laberinto de plantas, lo sé. Si, lo vi, vi el nombre de una ciudad en sus pensamientos, Coari.
— Genial. No tengo idea de dónde queda, pero eso se resuelve buscando un mapa— Candance sonrió por primera vez desde que habían tomado el libro de registros.
— Y cómo supongo que no habrá más de una familia de Seres Mágicos en esa ciudad… Los encontraremos fácilmente— el viajero del tiempo le dedicó una de sus más grandes sonrisas.
La chica le correspondió. Sería fácil, con Tauth a su lado parecía que las cosas siempre eran más fáciles. Sólo esperaba que él se quedara más tiempo con ella, en verdad disfrutaba de su presencia, la tranquilizaba y sabía que podía confiar plenamente en él, como en nadie más. Se le acercó y lo tomó por el brazo de forma cariñosa.
— ¿Me acompañarás, verdad?
— Claro que sí, Candance, empezamos juntos esto, lo terminaremos juntos.
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Parpadeó unas cuantas veces hasta que su vista volvió a la normalidad, sólo para encontrarse con el rostro preocupado de su madre. La mujer, al verlo, sonrió levemente y le acarició el cabello suavemente. Faerydae se incorporó, quedando sentado en su cama. Su cama; habían vuelto a su casa, ya no estaban en el medio de la selva. Trató de recordar qué era lo que había pasado, pero sólo le vino a la mente que había sentido un profundo dolor en su pecho. O más bien, en su corazón.
— ¿Cómo te sientes?— le preguntó su madre.
— Ahora, bien. Pero… en la selva, sentí algo extraño, algo…
— ¿…Qué nunca antes habías sentido?— ella completó la frase por él. Faer asintió con la cabeza, por lo que su madre suspiró profundamente y volvió a hablar— Temía porque este día llegaría.
— ¿A qué te refieres?
— Faer… tu corazón mágico nunca ha brillado, pero tu virtud es la amistad.
El chico abrió los ojos de par en par. No podía ser, era simplemente imposible. Él sabía a la perfección lo que significaba aquello y simplemente no entraba en su cabeza que pudiera ser cierto.
— Pero…
— Tu nacimiento no fue como el de los demás Seres Mágicos. El nacimiento de un potencial Guerrero nunca lo es.
— No puede ser. Mamá, ¡es simplemente imposible!
No lo es. Y lo sabes.
— Pe-Pero…— simplemente no podía articular palabra alguna, algo realmente inusual en él. Pero es que aquello era completamente absurdo. Es decir, ya había habido una generación de Guerreros Mágicos desde que él había nacido. Él tenía doce años y estaba viviendo en la Tierra, en ese mismo lugar, pero lo recordaba con exactitud. Esos Guerreros, esos siete jóvenes Guerreros había luchado hasta la muerte para detener a un demonio… que no recordaba su nombre, pero sabía que había querido tomar el control de todos los seres vivientes en la galaxia. Él simplemente no podía ser uno de ellos, no era poderoso, mucho menos valeroso y responsable— ¡No puedo ser un Guerrero Mágico, simplemente no puedo!
— Pero lo eres… y lo que te pasó ocurrió porque algo está perturbando el equilibrio, o lo hará. Sea como fuere, el Fuego ha decidido que es hora de que siete nuevos Guerreros aparezcan.
Faerydae miró a su madre aún desconcertado. Resopló fuertemente y se acomodó mejor en su cama.
— ¿Qué debo hacer?
La mujer volvió a sonreír, esta vez con un dejo de alegría— Debemos ir a Marte, conozco a alguien que conoce a la Guerrera del Fuego. Deben encontrarse, conocerse… y juntos sabrán que hacer.
El chico de ojos verdes abrió la baca para hablar, pero no pudo hacerlo, ya que en ese momento, una fuerte explosión se sintió demasiado cerca. Su madre se puso de pie automáticamente, rodeándose con su aura celeste. Él también podía sentirlo: era otro Ser Mágico y estaba cerca, muy cerca.
— Quédate aquí.
— Ni lo sueñes.
Ambos salieron al patio trasero de su casa, solo para encontrarse con que un hombre de tez muy blanca, cabello negro y ojos que brillaban con gran intensidad del mismo color que el del aura que lo rodeaba, se acercaba a ellos. El hombre, apenas los vio salir, dibujó en su rostro una media sonrisa para nada amigable.
— Hola Guerrero Mágico de la Oscuridad. Y tú debes de ser su madre.
Faerydae se rodeó con su aura, de un profundo negro, dispuesto a pelear, pero su madre se le adelantó.
— Vete de aquí ahora mismo, quién quiera que seas, jamás le harás daño a mi hijo.
— Oh, que tierno, pero descuida, no pretendo hacerle daño… No aún. Ahora lo necesito.
— ¡¿Qué es lo que quieres?!— gritó el chico, negándose a permanecer detrás de su madre y enfrentando al otro.
— A ti. Ven con migo, te llevaré a un lindo lugar— y luego de decir esto, sonrió aún más.
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13 nov. 2012

Una tarde de verano [Cuento]


Un pequeño cuento con la protagonista de Cronicas de una Guerra, Candance... se me ocurrió a partir de un sueño xD

Una tarde de verano.


La tarde era perfecta: cielo azul, sin nubes, con un espléndido sol brillando, la temperatura perfecta. Era un hermoso día de verano en California, perfecto como muchos otros del año. Pero para cierto joven de dieciocho años aquel día no sería como los demás, sería, además de un día perfecto de vacaciones, un día extraño. Extraño porque conocería a alguien de por sí extraño y de una forma también bastante peculiar.

Aquel chico vivía en una linda casa de los suburbios, dos pisos, techo de tejas grises, a dos aguas, un lindo jardín delantero, con setas verdes muy bien cuidadas, y un hermoso patio trasero, con una piscina digna de admiración y envidia. Fue en esa misma piscina en donde ocurrió algo extraño, muy extraño. El joven, de cabello castaño, ondulado y algo alborotado, y ojos verde pardo, se encontraba a punto de entrar a su casa cuando escuchó un ruido extraño a sus espaldas. Miró, y no vio nada. El agua de la piscina estaba calma y nada se había movido en los árboles que rodeaban la medianera del patio. Sin darle importancia, procedió a continuar su camino hacia el interior de la casa.
Pero fue entonces que, justo en el instante en que dejó de ver la piscina, se escuchó un estridente ruido a algo bastante pesado cayendo al agua. Automáticamente se dio vuelta, para comprobar, con sorpresa y algo de temor, que alguien (si, alguien, no algo) había caído al agua. Se acercó al borde de la pileta y comprobó que efectivamente, alguien estaba chapoteando en el agua, intentando salir a la superficie. Se quedó completamente helado observando con atención. Unos segundos después, la cabeza de una chica salió a la superficie, abriendo la boca fuertemente, para tomar una gran bocanada de aire. La joven, de bellos ojos celestes, lo miró por unos segundos como sorprendida y algo asustada, pero luego simplemente se desmayó, comenzando a caer a las profundidades de la piscina.
El chico, casi por instinto, saltó rápidamente al agua y la alcanzó, tomándola entre sus brazos y comenzando a nadar hacia la superficie nuevamente. Pero cuando estaban a mitad de camino, algo comenzó a brillar. Él miró hacia todos lados, pero descubrió, con sorpresa, que el resplandor provenía del interior de la chica misma. La observó y descubrió que algo estaba brillando en su pecho. Antes de que pudiera hacer algo, una especie de chorro de agua caliente surgió del cuerpo de ella y los rodeó. En un abrir y cerrar de ojos estaban fuera de la pileta, tirados en el pasto, en el medio del patio. Él tosió un poco, pero apenas se recuperó se acercó a la joven y, acercando su cara a la de ella, comprobó si respiraba. Lo estaba haciendo, pero con bastante lentitud, por lo que comenzó a realizarle pequeños golpes en el pecho, con la palma de almas manos, para que lograra escupir el agua que había tragado.
No pasó mucho tiempo para que la chica comenzara a toser, escupiendo parte del agua. Cuando ya estuvo bien, lo miró y tras unos minutos de silencio y quietud, en los cuales ambos se miraron fijamente a los ojos, se paró de un salto y se alejó de él.
— ¿Qué ocurrió?— preguntó ella, con un inglés algo extraño.
— Ammm… Caíste en mi piscina.
Ella miró automáticamente hacia la pileta y luego volvió a mirarlo— ¡Perdón! ¡En verdad lamento haberte asustado! Ahora… ¡debo irme!
Y comenzó a caminar rápidamente, en dirección a la casa, como buscando una salida. Pero él la detuvo, tomándola del brazo.
— ¡No, espera! No puedes irte.
Ella lo miró, pero no dijo nada.
— No puedes irte. Caíste del cielo a una piscina, te desmayaste y casi te ahogas, además tienes heridas. Quédate un momento, puedo ayudarte.
— No… Lo siento, pero tú no puedes ayudarme— respondió ella, casi en un susurro, pretendiendo seguir con su camino.
— ¿Por qué no? Déjame intentarlo al menos.
— No…
— ¿Por favor?
Él la miró a los ojos, para convencerla, pero ella le esquivó la mirada. Aún así asintió diciendo:
— Esta bien, pero luego me iré.
— Genial— dijo él en forma de respuesta, con una sonrisa en su rostro—. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?— preguntó, mientras entraba en su casa y le hacía señas a ella para que lo siguiera— El mío es Nick.
— Candance— respondió ella, luego de un momento, en el que parecía que había estado analizando las posibilidades de si decirle la verdad o no.
— Que nombre extraño… nunca lo había escuchado— comentó Nick, dándole una toalla para que se secara y agarrando una para él mismo. Luego entraron a la cocina de la casa, la cual era bastante grande y el chico se dispuso a buscar su botiquín.
— Es árabe— fue todo lo que dijo ella, mientras miraba con atención cada rincón del lugar.
— Oh, ya veo. ¿Eres de ahí?— el castaño, regresando con el botiquín en sus manos y haciéndole una seña para que se sentara a una pequeña mesa. Ella lo hizo y él se sentó a su lado.
— ¿De Medio Oriente? No.
Él la miró con curiosidad, para luego tomarle la mano derecha y comenzar a vendarla, ya que tenía una importante quemadura en ella.
— ¿Entonces de dónde eres?
— De un lugar muy lejos de aquí.
— Por eso tienes acento extraño, ya veo.
Candance dirigió sus ojos celestes hacia los verdes de él. Estaba completamente seria y no parecía querer hablar mucho. Una vez él terminó de vendarle la mano, sacó unas gasas y un poco de algodón.
— No te gusta hablar mucho, ¿verdad?— preguntó él, pero no esperó respuesta— ¿Puedo?— ella asintió y entonces él le corrió el cabello húmedo de la cara, colocándose detrás de la oreja y acercándose a su rostro, para poder limpiarle con un poco de algodón humedecido con alcohol una pequeña herida que tenía sobre la ceja— Va a arder.
— Estoy acostumbrada al ardor.
Aunque el comentario le pareció extraño, Nick no dijo nada y prosiguió con lo que estaba haciendo. Y así continuó por unos quince minutos más, limpiando y cubriendo con gasa las heridas que Candance parecía tener por todo su cuerpo. Cuando terminó con todas las visibles, dejó las cosas sobre la mesa y la miró con una media sonrisa.
— No creo que quieras que vea si tienes heridas en otras parte del cuerpo, ¿verdad?
Ella lo miró penetrantemente y sonrió levemente— ¿Por qué me ayudas? No me conoces.
— Seré médico algún día, voy a ayudar a gente que no conozco.
— Pero con suerte ellos no caerán en tu piscina.
Nick no pudo evitar reír ante aquel comentario y, para su sorpresa, ella también rió.
— Cielos, por un momento creí que no eras capaz de reírte.
— Soy una chica… Nick, no un…— hizo una pausa—. Olvídalo. Gracias por ayudarme, ahora debo irme, de verdad— y con esto se puso de pie.
— ¡Espera!— él volvió a tomarla por el brazo.
Ella lo miró— Ya me ayudaste demasiado. De verdad debo irme.
— Sólo quiero hacerte una pregunta y… me la debes.
Candance suspiró— De acuerdo, dime.
— ¿Cómo rayos terminaste en mi piscina?
La castaña lanzó un pequeño suspiro de risa— No es algo que pueda responder sin que me trates de loca.
— Te vi caer, vi como algo brillaba dentro de ti y… como algo que salió de ti nos sacó del agua, a ambos.
Volvió a suspirar, girando sus ojos— Ya viste demasiado, créeme, no quieres ver más.
— Algo me dice que no he visto ni un poco.
— No querrás ver más.
Él se le acercó, para quedar a una distancia muy corta de ella, lo que la puso algo incómoda— ¿Y qué si quiero?
La chica negó con la cabeza y estaba a punto de hablar, pero él no la dejó, ya que terminó de reducir la distancia que los separaba y le dio un suave beso en los labios. Ella se quedó atónita, mientras él la rodeaba con sus brazos. Segundos después, Candance estaba correspondiéndole el beso, haciendo que se volviera más profundo.
Nick la apegó más a su cuerpo, pero entonces pareció como una corriente eléctrica hubiera recorrido el cuerpo de ella, haciéndola saltar y haciendo que ella misma rompiera el contacto de sus labios… y de sus cuerpos.
— ¿Por qué…?
De la nada, Candance se había alejado de él al menos unos diez pasos— Te dije que no. Gracias Nick, de verdad.
Y dicho esto, se apresuró a salir por donde habían entrado. Pero Nick la siguió, no podía dejarla ir.
— ¡Espera! ¿A dónde…?— pero no pudo terminar la frase porque, al salir al patio, se quedó mudo por lo que vio. Candance estaba literalmente flotando en el aire y lo miraba con una extraña expresión en su rostro.
— ¿No aceptas un no como respuesta, verdad? Eso dice tantas cosas de ti…— ella sonrió ante la cara atónita del chico, que la miraba con los ojos abiertos de par en par—. Pero sigues siendo un humano como todos los demás, quedándote sin palabras ante lo que no pueden explicar, ¿ahora entiendes por qué sé que no quieres ver más de lo que ya viste?
— ¿Qué…? ¿Quién eres?
— Mi nombre es Candance… y no soy humana.
Eso fue lo último que dijo antes de salir volando rápidamente, perdiéndose de vista al instante.
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Años después Nick aún recordaba aquello, nunca había podido olvidarlo. ¿Cómo podría hacerlo? Y había sido una suerte que no lo dejara pasar, que no creyera que había sido un sueño, que no dejara de buscar… Porque ahora estaba ahí, en el planeta rojo, Marte, caminando por su superficie, formando parte de la primera misión humana en aquel planeta, descubriendo –para sorpresa de todos, pero no para él– restos de una enorme civilización, probablemente muy avanzada, que había desaparecido –o abandonado el lugar– hacía muy poco tiempo, no más de veinte años. Aproximadamente la cantidad de tiempo que había pasado desde aquella tarde de verano.
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17 oct. 2012

Crónicas de una guerra - Capítulo 1



Capítulo 1
La calma antes de la tormenta.

Ya era julio, la fría nieve cubría todo el paisaje y un azotador viento helado soplaba. Si no hubiera tenido esa poderosa y cálida protección, de seguro hubiera muerto hacía horas. El pronóstico no era favorable desde hacía días, habían anunciado una gran tormenta de nieve, y los caminos comerciales y turísticos ya estaban cerrados; pero ella no los necesitaba, de hecho, nadie en ese mundo sabía que ella se encontraba ahí. Candance volvió a gritar, llamando a la persona que estaba buscando. Esa persona no era alguien muy importante, pero aún así debía encontrarla.
La chica, al ver que nada ni nadie se movía en su campo visual, volvió a gritar. Pero, una vez más, no obtuvo respuesta.
— Maldito demonio, ¿dónde rayos estás?— murmuró para sí misma.
Un escalofrío la recorrió, por lo que juntó las palmas de sus manos, como en actitud de rezo. Pero lo que menos hizo fue rezar, ya que sus ojos brillaron por un ínfimo momento, el color cristalino de sus pupilas fue reemplazado por una intensa luz naranja que, apenas llegó a su punto culmine, se apagó, para volver a mostrar los bellos ojos de la chica. El Aura que la rodeaba, que era de un cálido color naranja rojizo, aumentó de tamaño, haciendo que la tibieza que la protegía del frío aumentara.
— ¿A quién se le ocurre esconderse en una montaña tan alta en esta época del año?— refunfuñó, una vez más, en murmullos para sí.
En efecto, el demonio que estaba buscando había decidido que sería muy gracioso esconderse en el Aconcagua, la cima más alta de América, para huir de ella y así evitar que lo llevara a donde debía llevarlo: Marte, el planeta rojo.
Así era, como la ahora única Guerrera Mágica con vida de su generación en el universo, debía seguir manteniendo el balance entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, haciendo labores como aquella, persiguiendo a seres rebeldes tanto de una como de la otra. Y esa vez estaba persiguiendo a un ser de luz que había decidido que su planeta natal, Marte, era demasiado aburrido y debía estar en la Tierra. Pero si solo hubiera sido eso no habría habido problemas, muchos seres mágicos vivían entre los humanos, camuflándose entre ellos, pasando desapercibidos, pero éste no quería tal cosa, ya que estaba muy orgulloso de su naturaleza mágica como para ocultarla de los habitantes terrestres. Y por eso ella lo estaba buscando, porque el dichoso ser se negaba a camuflarse, por lo que debía volver a su planeta natal lo más pronto posible.
— ¡Oh, vamos, Skadi!— volvió a gritar, llamando al demonio de luz— ¡Tengo un examen mañana! ¡Y en verdad debo aprobarlo!
— ¿Y por qué no estás estudiando entonces, Hadda?— se oyó la voz del ser, traída por el frío viento.
Ella sonrió, al fin y al cabo, Skadi era bueno, había luchado junto a ella y sus amigos en la batalla de hacía seis años contra las fuerzas de la oscuridad.
— ¡Sabes que debes llamarme Candance, ese es mi nombre humano!— volvió a gritar ella, y al instante, agudizó el oído.
— ¿Aún sigues con eso?— le llegó desde su izquierda— ¿Por qué sigues viviendo entre los humanos como una más de ellos?
— ¡Porque soy humana, Skadi! ¡Los humanos deben vivir con humanos! ¿¡No lo crees!?
— Pero tú no eres humana, Hadda, eres un ser mágico, ¡una Guerrera Mágica!
— ¡Te encontré!— gritó de repente Candance, que había seguido la voz de Skadi hasta el lugar en donde se estaba escondiendo.
— Si, ya lo veo…— respondió él.
La chica le tendió una mano. El demonio se veía como un humano, aunque algo extraño, debía reconocer: su cabello era completamente blanco, al igual que el color de su piel, aunque ésta era más bien de un blanco ceniza; sus ojos eran negros como la noche, ya que lo único que un ser mágico no puede cambiar cuando se transforma es el color de sus ojos; y llevaba puesto unos jeans grises y un buzo blanco. Si no fuera por el contraste entre sus ojos y su cabello y piel, de seguro pasaría perfectamente como un habitante de cualquier cuidad humana.
Skadi levantó la vista y la observó por unos minutos, luego, golpeó su mano y se puso de pie por sí mismo.
— ¿Por qué sigues negando tu verdadero origen, después de tanto tiempo?
— Primero de todo, no estoy negando nada Skadi, segundo, no pasó mucho tiempo y tercero, hazme caso, no quiero pelear contigo.
— Ni yo contigo, Hadda, pero sí estás negando tus orígenes.
La chica lo miró y se cruzó de brazos— Bien, entonces dime, ¿qué orígenes estoy negando?
— Eres un ser mágico, una Guerrera Mágica… y te vez como una humana, vives como una de ellos y…
— Soy humana Skadi— lo interrumpió ella, al tiempo que se acercaba al ser y le aferraba los dos brazos fuertemente por detrás de la espalda—, si no puedes entenderlo, no lo hagas, pero no me traigas problemas, ¿quieres?
— No eres humana— le dijo en forma de respuesta él, sin resistirse, pero dibujó en su rostro una sonrisa nada amigable—. Eres un ser mágico con todas las letras, al igual que tu madre.
— Mi madre era un poderoso ser mágico, pero mi padre, es humano, un perfecto y encantador humano. Asique yo también soy humana. Ahora camina, ¿quieres?
Skadi no respondió, simplemente se quedó parado, haciendo caso omiso a las palabras de la chica.
— Skadi…— comenzó a decir ella, pero entonces notó que algo andaba mal— ¡Pero qué…! ¡Skadi!
El ser que ella sostenía fuertemente se desvaneció al instante, al tiempo que un insoportable sonido inundaba el lugar, sobrepasando el sonido de la tormenta de viento y nieve. Candance soltó un gruñido, estaba cansada, solo quería volver a su casa y dormir, pero al parecer no podría hacerlo hasta vencer al dichoso demonio.
— ¡Skadi! ¡Ya fuiste demasiado lejos!
— De hecho, Hadda, estoy más cerca de ti de lo que crees— dijo en forma de respuesta y en tono de burla el demonio.
— ¡Agh, basta!— gritó ya harta la chica, al tiempo que hacía que el Aura que la rodeaba se extendiera hacia todos lados, para así esparcir la nieve que caía y derretir la que ya estaba en el suelo.
Todo se aclaró en un abrir y cerrar de ojos, por lo que el ser quedó a la vista de la chica. Ella, sin hacer muchas volteretas, hizo que el mismo Aura se concentrara en la palma de su mano y luego lanzó una poderosa llamarada hacia donde se encontraba el joven. Éste, sin  moverse ni un milímetro, creó un escudo a partir de una onda sonora e impidió que el ataque de la chica le golpeara: el elemento que manejaba el albino era el sonido. Candance volvió a resoplar, y una vez más lanzó una gran llamarada hacia donde se encontraba Skadi. Y así comenzaron  a luchar, pero no era una lucha con todas las letras, ya que simplemente se limitaba a que la chica le lanzara llamaradas producidas de su Aura cada vez más poderosas y el otro se protegiera con su escudo sonoro.
— Saber perfectamente que no llegarás muy lejos si sigues así, Hadda— observó el ser, luego de negar el ataque de la chica una vez más.
Ella no respondió, simplemente sonrió de medio lado, y luego clavó sus ojos en los del joven. Por supuesto que sabía que no iba a llegar lejos si simplemente lanzaba ataques sin sentido contra Skadi, pero en realidad, su objetivo no era detener al demonio con esos ataques, sino distraerlo… Sin decir nada, volvió a atacar, esta vez con un poder mucho mayor, poder que derritió toda la nieve que estaba alrededor de ambos. Cuando el ser intentó repeler el ataque con su escudo, no pudo, sino que fue golpeado por la enorme bola de fuego que había lanzado la chica.
— Te tengo, Skadi— el aludido escuchó la voz de la chica, pero no provenía de la figura que podía ver entre las llamas, de las cuales estaba tratando de protegerse, sino de otro lado.
De la nada, una mano surgió de debajo de la nieve en derretimiento que estaba bajo los pies de demonio y lo agarró fuertemente el tobillo de dicho ser. Luego otra salió también de las profundidades y amarró el otro tobillo, impidiéndole que escapara. Skadi se rodeó automáticamente con un aura blanca e hizo que sus ojos se volvieran completamente blancos, a causa de lo cual sus pupilas y el color negro de sus iris dejaron de distinguirse. Poco a poco, el disfraz humano que vestía el peliblanco se fue desasiendo, para dar lugar a una apariencia nada humana: su verdadera apariencia marciana. Pero no pudo llegar muy lejos, ya que Candance apareció detrás de él, lo tomó por ambos brazos y cruzó los mismos por detrás de la espalda del ser, como si fuera a esposarlo. Y de hecho, eso fue lo que hizo: de sus manos, rodeadas por su aura naranja, surgieron dos anillos de fuego, que rodearon las muñecas de su presa y se cerraron cual esposas.
Skadi comenzó a forcejear, para intentar zafarse de quien lo apresaba, pero no tuvo mucho éxito, ya que una copia exacta de la chica, la que había lanzado el último ataque, apareció frente a él y lo golpeó suavemente en el medio de la frente con sus dedos índice y mayor, que también estaban rodeados de aura anaranjada. Automáticamente, el demonio de luz volvió a su forma humana, dejó de forcejear y sus piernas se ablandaron, haciendo que cayera prácticamente desmayado a los brazos de Candance.
La chica suspiró profundo e hizo desaparecer a sus dos clones –el que sostenía los tobillos del ser y el que lo había desmayado–. Sin muchas más vueltas, la castaña tomó a Skadi por la cintura, lo colgó sobre su hombro izquierdo y comenzó a caminar de regreso por el mismo camino que había tomado para llegar hasta allí.
— Creo que subestimé tu fuerza, Hadda— comentó en un susurro el dichoso Ser Mágico.
— Eso parece— dijo en forma de respuesta ella—, ahora te llevaré a Marte, asique por favor, ¿podrías no volver a hacer locuras como ésta?
— No lo sé, tendré que pensarlo…
— Le diré al Mago Magick que te encierre en la prisión si no haces caso, Skadi— lo amenazó ella.
— Okey, okey, seré un buen chico, de verdad— se retractó el demonio con una vocecita como de cachorro abandonado.
— Más te vale que así sea— le dijo ella.
Luego de llegar a una zona de menor altitud, en donde la tormenta de nieve no era tan intensa, Candance concentró su aura en las plantas de sus pies, levantó apenas el izquierdo y dio un golpecito al suelo, para elevarse. Y, como si la gravedad no existiera, la chica comenzó a flotar como si nada, para luego comenzar a volar a la velocidad del sonido, camino al planeta rojo.
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Para cuando al fin llegó a su casa, el sol se estaba asomando por la ventana. Caminó arrastrando los pies, tirando por el camino la enorme campera bordó y la bufanda marrón, al tiempo que se iba quitando las zapatillas deportivas que llevaba puestas y que ahora estaban completamente rojas, porque habían pisado suelo marciano luego de haber estado en la nieve. Apenas sus rodillas tocaron el borde de la cama, la chica cayó sobre el colchón boca abajo, estaba exhausta, sólo quería dormir, pero lamentablemente no podía hacerlo, ya que debía ir a dar un examen en unas horas. En verdad era un estorbo tener que ir detrás de esos molestos seres mágicos cuando pretendía ser una humana normal y estudiar como todos los demás de su edad.
Se revolvió un poco entre las sábanas, para luego estirar su brazo y alcanzar el teléfono celular que estaba sobre la mesa de noche. No recordaba con exactitud a qué hora había puesto la alarma y, si tenía suerte, podría dormir por lo menos un rato. Cuando alcanzó el aparato, fue al menú “alarma” y observó, para su ingrata sorpresa, que solo faltaba media hora para que sonara dicha alarma, por lo que simplemente la apagó y, luego de dar un par de vueltas más entre las sábanas, se levantó y se dirigió al baño para darse una ducha caliente. Quizás el agua se llevaría con ella el cansancio, el sueño y el mal humor.
Quince minutos después, Candance se estaba vistiendo, con una tostada en la boca, mientras daba un repaso de último momento a los apuntes de clase. La ducha había estado muy bien, de hecho, se había llevado el sueño y el cansancio, pero lamentablemente no el mal humor, por lo que su querida y pacienzuda amiga Sarah debería soportarla en ese estado, al menos hasta que terminaran de rendir.
Unos minutos después, su celular vibró como loco, anunciando la llegada de un mensaje: era de Sarah y estaba en camino. Rápidamente guardó todo en su mochila, se colocó las zapatillas –luego de pasarles un trapo húmedo para quitarles la tierra rojiza‒ y bajó a la calle para esperar a la pelirroja.
— Hola— saludó alegremente la chica, que tenía el cabello húmedo, como ella, evidencia de que también se había duchado antes de salir—, ¿cómo estás?
— Podría decirse que bien— contestó Candance, con una sonrisa.
— Comunícaselo a tu cara— dijo alegremente la chica, mostrando una cara de preocupación muy típica en ella.
— De verdad estoy bien, mamá Sarah— reprochó Candance. Siempre que su amiga se ponía sobre-protectora la llamaba de esa forma, ya que le recordaba a una madre preocupada por su “pequeña” hija.
— Si tu lo dices…
Y sin decir más, marcharon hacia la universidad, apurando el paso, para no llegar sobre la hora y poder conseguir buenos lugares para dar el examen.

El dichoso examen fue sencillo, por suerte para Candance –que no había podido dormir‒ y para su amigo Diego, el cual había tenido otro examen el día anterior. Una vez el trío –ya prácticamente inseparable– salió del aula, se dirigieron hacia el comedor de la facultad, para comer un merecido desayuno y para descansar un poco la mente. Las dos chicas y el chico se sentaron en una pequeña mesa con cuatro sillas luego de comprar café y galletas. Pasaron un largo rato charlando alegremente, durante el cual el mal humor de Candance se iba esfumando poco a poco… Pero no tardaría en reaparecer.
En cierto momento, una chica de cabello negro azabache y ojos celestes se les acercó alegremente, su nombre era Ana y cursaba con ellos. Habían hablado ya en muchas ocasiones, eran buenos compañeros y, aunque aún no tenían la suficiente confianza para llamarse amigos, habían estudiado varias veces juntos. La chica los saludó y pidió permiso para sentarse en la silla que había quedado vacía, pedido que obviamente aceptaron. Pero la guerrera mágica se quedó estupefacta cuando la recién llegada tomó asiento: un escalofrío recorrió su espina dorsal, erizándole los vellos de la nuca, a la vez que un extraño pero conocido calor surgía desde el centro de su pecho y se expandía por todos los rincones de su cuerpo. Pero no sólo eso, había algo más, algo por lo cual Candance supo que se trataba de una jugarreta de sus poderes: su corazón mágico, ese pequeño y odioso “estuche” en donde estaba encerrada toda su energía mágica y su vida en sí, comenzó a vibrar dentro suyo como loco, a la vez que parecía arder en llamas. Casi por instinto, se llevó una mano al pecho, apretándolo fuertemente, como intentando calmar el dolor que empezaba a sentir, más no pronunció sonido alguno y se las arregló para que los demás no se dieran cuenta. Suspiró profundamente y se mordió el labio inferior, controlándose para no lanzar una maldición, mientras se ponía de pie lentamente.
— ¿Candance?— preguntó con extrañeza y preocupación Diego, observando como la chica se paraba— ¿Qué ocurre?
— Nada— mintió ella, apoyando ambas manos sobre la mesa y agregando, mientras comenzaba a caminar—. Voy al baño— volvió a mentir. Aunque no fuera de su agrado, ya estaba acostumbrada a mentirle a sus amigos y en realidad a todos aquellos que la rodeaban en la tierra, ya que lo había empezado a hacer desde que había descubierto que no era completamente humana. Al principio, obviamente, le parecía y extraño e intentaba evitarlo lo más posible, pero con el correr de los años ya le era completamente normal mentir y ocultar sus sentimientos y pensamientos a los demás. Ésa era una de las razones por las cuales había cerrado su ser prácticamente al mundo entero, siendo sólo unos pocos los que llegaban a agradarle y ella a ellos.
Se dirigió en dirección al baño, pero no fue hacia ese lugar, sino que subió las escaleras del edificio hasta llegar al último piso. Una vez allí, se escabulló por una puerta de metal, que tenía colgado un cartel de “prohibido pasar” y subió por la escalera de metal en forma de caracol que daba a la azotea de la facultad. Sólo cuando se cercioró de que nadie podía estar allí y de que tampoco podían verla desde ningún lado, se apoyó contra la pared y, rodeándose de su característica aura del color del fuego, hizo que aquel estuche al que llamaban “corazón” saliera de su cuerpo. Aquel pequeño artefacto se materializó en su mano: estaba emitiendo una brillante luz naranja y vibraba, dando pequeños saltos sobre su palma.
— Que te pasa ahora, maldita cosa— susurró entre dientes. No podía creer que estaba viendo aquello. Hacía años que su corazón no reaccionaba de esa forma y, de hecho, hacía mucho tiempo que no lo tenía entre sus manos, ya que no había vuelto a tener la necesidad de sacarlo de su cuerpo desde el incidente que acabó con la vida de los demás guerreros mágicos, y amigos. Lanzó un largo suspiro, mientras iba deslizándose por la pared hasta quedar sentada en el suelo—. Tu sólo me traes malas noticias cuando te pones así… ¿por qué justo ahora lo haces? ¿Eh?— cerró el puño, apretujándolo, como pretendiendo romperlo. Aún así, no ejerció demasiada presión, ya que si esa pequeña cosita se rompía, también lo haría ella, su vida y su cuerpo simplemente se desintegrarían, sin dejar rastros y eso, de seguro, haría que sus amigos se preocuparan y por consiguiente todos los demás y en verdad no quería molestarlos con algo como eso. Si alguna vez tomaba la decisión de romper su corazón, lo haría cuando no tuviera a nadie esperando por ella, cuando estuviera sola quizás, en algún lugar aislado o algún otro planeta.
Volvió a suspirar profundamente y levantó la mirada hacia el cielo. Su corazón sólo se ponía de esa forma cuando alguien más como ella estaba cerca. Se mordió el labio inferior, que su corazón estuviera brillando de tal forma no sólo significaba que había un Ser Mágico cerca, sino que, además, ese Ser Mágico era un Guerrero Mágico. Volvió a suspirar, para luego ponerse de pie y “guardar” su corazón dentro de su cuerpo. Algo no estaba bien, se suponía que, luego de que el resto de los Guerreros muriera en aquella batalla, el Fuego no revelaría a la siguiente generación hasta que algo verdaderamente malo estuviera por pasar… y hasta que todos y cada uno de los guerreros de la anterior generación estuvieran muertos o hubieran renunciado a su deber. Podía entender que algo se estuviera aproximando, una tormenta que destruyera el equilibrio una vez más, pero no entendía por qué habrían de revelarse los próximos guerreros, después de todo, ella seguía viva y no había renunciado a nada; aunque debía admitir que más de una vez lo había pensado.
Sin perder más tiempo, se dispuso a volver con sus amigos. Luego, por la tarde –y luego de dormir unas cuantas horas– iría a hablar con Magipcian Magick, su mentor y antiguo Guerrero del Viento, para que le diera algunas explicaciones. No le agradaba aquello, especialmente porque su corazón se había vuelto loco en el preciso instante en que Ana se había acercado a ella.
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Llegó completamente exhausta, ya no podía más, lo único que deseaba hacer en ese momento era apoyar su cabeza en una almohada y dormir, dormir mucho. Pero, por más que lo había intentado, no podía hacerlo, debía hablar con su ex maestro y hacerle preguntas, muchas preguntas, o su maldita consciencia seguiría quitándole el sueño.
— Candance— dijo el hombre cuando la vio parada frente a la puerta—, no te ves muy bien.
— Claro que no, no dormí en toda la noche y por la mañana rendí un examen— respondió ella con voz monótona, estaba de muy mal humor, siempre lo estaba cuando no podía dormir.
— Pasa— dijo en forma de respuesta el hombre, dejándola pasar a su casa.
Él había sido su maestro desde hacía seis años, cuando empezó a entrenar para convertirse en una guerrera. Era un hombre muy alto, le llevaba más de dos cabezas, tenía el cabello plateado y sus ojos eran violetas; su piel era blanquecina y brillante, como hecha de porcelana y, aunque probablemente tuviera más de cien años, no aparentaba más de veintitantos.
La chica, sin decir nada, se dejó caer en una silla, para luego apoyar su cabeza en la mesa que tenía enfrente. Cerró los ojos por un momento, en verdad quería dormir. El hombre se sentó frente a ella y la miró, esperando a que la joven hablara.
— Magick— dijo ella, aún con la cabeza apoyada en la mesa.
El hombre aguardó unos minutos antes de contestar— Hace mucho que no me llamas así, y eso nunca es bueno, ¿qué ocurrió?
— Yo debería preguntarte eso a ti, mago, no al revés— dijo ella en forma de respuesta, sin salir de su posición—. Pero aún así, preguntaré algo distinto— levantó la cabeza de su lugar y lo miró fijo a los ojos— ¿Qué está pasando, Magick?
Los bellos y extraños ojos del hombre, con sus pupilas violetas, mostraron a la perfección la sorpresa de él ante la pregunta de Candance. Aún así, su rostro no se inmuto, y mucho menos su voz cuando habló:
— ¿De qué hablas?
Ese maldito viejo tenía una habilidad increíble para evadir sus preguntas, pensó la chica, con frustración. No tenía ganas de explicar todo, porque sabía a la perfección que él sabía de lo que le estaba hablando, sólo se estaba haciendo el idiota. Suspiró profundo y clavó sus cristalinos ojos en los violetas del hombre, para luego decir:
— Sabes de lo que hablo.
— ¿Tiene que ver con Skadi?
— ¡No! Bueno, quizás en parte, después de todo, por su culpa no pude dormir anoche. Pero la verdadera razón no es esa.
— Perdóname, pero sabes que eres la única que puede hacer ese tipo de cosas.
— Claro que si… pero si alguien hubiera ido a ayudarnos hace seis años, con certeza no sería la única.
— ¿Otra vez con eso? Te lo dije mil veces, no hubiera podido ayudarlos… de hecho no pude hacerlo, no porque no quisiera, y lo sabes.
— Ya no sé lo que se.
— Okey… ¿me vas a decir que es lo que te pasa, Hadda?
Ella hizo una mueca de asco al escuchar su propio nombre. Él sabía a la perfección que no le gustaba para nada que la llamaran así, pero todavía insistía en usarlo para molestarla. Lo miró con odio, pero luego suspiró profundamente (para tranquilizarse un poco) y le contestó:
— He vuelto a sentirlo, eso es lo que me pasa.
— ¿Qué? ¿De verdad?— por alguna extraña razón, el hombre no había captado la voz de enojo y frustración de Candance y había hablado con total alegría.
— No es nada gracioso, ¿sabes?— lo interrumpió ella antes de que el hombre pudiera seguir hablando— Y borra esa sonrisa de tu rostro, o lo haré yo de un puñetazo— agregó, mirándolo con más odio que anteriormente.
— De acuerdo, de acuerdo. Pero debes saber que es muy bueno que hallas podido sentir eso una vez más, eso quiere decir…
— Que mis problemas empeorarán una vez más— volvió a interrumpir la chica.
— No digas eso— la contradijo él, con una voz que pretendía impulsar ánimo en la joven—. Que lo hallas vuelto a sentir quiere decir que tendrás ayuda, ¿y no es eso lo que quieres?
— Me estás bromeando, ¿verdad?— dijo con un tono ácido y retórico la castaña.
— Candance…— dijo el hombre de cabello plateado.
— ¡Entonces dime qué rayos es lo que está pasando!
— De verdad no tengo idea, créeme.
— Ya no sé qué es lo que puedo creerte o no.
— ¿Por qué dices eso?— preguntó con desilusión el proclamado mago.
— Porque me has mentido muchas veces, Magick, y me prometí a mí misma intentar comprender cada una de tus artimañas para engañarme y así jamás volver a caer en ellas.
— ¿Eso hiciste?
Candance no respondió, solo se lo quedó mirando en completo silencio, y sin despegar su mirada de los violáceos ojos del hombre. Si hubiera podido lanzar rayos por sus ojos, de seguro hubiera matado al Mago Magick, y de haber tenido un cuchillo, se habría podido cortar el aire con él, a causa de la gran tención que había inundado la habitación  de repente.
El mago, al ver que ella no pretendía desistir de su actitud, y como conocía a la perfección su personalidad, suspiró profundo y le dijo:
— Puedes ir a ver el Fuego Primigenio por ti misma si quieres, pero de verdad que no ha pasado nada, o al menos yo no lo he percibido.
La chica se puso de pie bruscamente, sobresaltando a su interlocutor; luego se dirigió a la puerta de salida y, antes de marcharse, le respondió:
— De acuerdo, iré a ver al Fuego, pero si me encuentro con que es mentira, tendrás que olvidarte de mí definitivamente, y es mi última palabra.
— Está bien— respondió el hombre con algo de tristeza en la voz.
Y sin decir más, la chica de ojos como el agua se fue. El hombre se quedó entonces completamente solo. Lo único que hizo fue lanzar un largo suspiro y mirar hacia el techo. Estuvo unos cuantos minutos en esa posición, hasta que habló, como dirigiéndose al mismo techo:
— ¿Podrías simplemente dejar de ponernos tantos obstáculos de una vez por todas?
Y sin decir más, cerró los ojos, dejando que el tiempo transcurriera a su antojo, tarde o temprano todo terminaría, aunque fuera de una forma drástica y triste, pero terminaría.
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Minutos más tarde se encontraba en la entrada de lo que parecía ser un antiguo templo egipcio: un gran portal hecho de piedra, con dos grandes columnas redondeadas a los costados, gravado con muchas inscripciones. No se detuvo a mirarlo, había estado muchas veces en ese lugar y, por más que jamás dejaría de sorprenderla la arquitectura del lugar, en esa ocasión no tenía tiempo… ni humor. Entró sin más al oscuro templo y comenzó a caminar por el pasillo principal, iluminándose el camino con una pequeña llama producida por ella misma. Las paredes del lugar también tenían inscripciones, desde el techo hasta el piso, en el idioma de los habitantes de Marte. Caminó hasta el final del corredor, y se paró frente a lo que parecía ser una pared más del lugar, solo que ésta tenía absolutamente nada escrito. Llevó una de sus manos justo al centro de la liza roca y, luego de rodear la misma con su aura, la pared comenzó a moverse. Era un sencillo sistema de activación por aura, para que sólo los Seres Mágicos pudieran abrirla; después de todo, había muchas especies en el universo.
La habitación que apareció ante sus ojos era pequeña, pero apenas entró, pudo sentir la enorme y antigua energía que resguardaba. Una vez más, las tres paredes que formaban la habitación estaban repletas de inscripciones. Leyendas, mitos, nombres, acontecimientos históricos, todo lo que era importante para los Seres Mágicos se hallaba gravado en aquellas paredes, resguardadas por el origen de todo: el Fuego Primigenio.
Apagó la llama que mantenía encendida en su mano, después de todo, ahí estaba la cosa más hermosa y mítica que había visto jamás, brindándole luz y calor. El Fuego Primigenio era precisamente eso, fuego. Las leyendas decían que todos los Seres Mágicos provenían de él, no literalmente claro, pero sí sus poderes. Aquella llama, que había estado encendida desde el principio de la historia de su especie –algunos decían que desde el principio del universo mismo, pero ella no lo creía–, era la que mantenía a los Guerreros Mágicos vivos.
Cada diez años, siete nuevos nombres eran gravados en las paredes de aquel templo. Nadie lo hacía, era el mismo fuego quién escribía los nombres de los futuros guerreros. Y éstos sólo eran revelados cuando el Equilibrio era amenazado o los Guerreros habían muerto o renunciado. Normalmente, era el Guerrero del Fuego, por tener la misma esencia que el Fuego Primigenio, al cual se les eran revelados los nuevos Guerreros, pero si él había muerto, si todos habían perecido, se decía que todos los Seres Mágicos de la galaxia eran llamados al templo, para que encontraran a los próximos defensores del equilibrio. Esto último jamás había ocurrido, siempre quedaba uno en pie: después de todo, los Guerreros Mágicos eran los guerreros mejor entrenados de la galaxia.
— Bien viejo amigo… ¿o debería decir enemigo?— susurró Candance, sin quitar la vista de la enorme llama. Lanzó un suspiro de risa, más de una vez había pensado que estaba loca por hablarle a una llamara de fuego dentro de una habitación hecha de piedra, pero si había algo en lo que creía, era en que aquella cosa podía responderle, de alguna u otra forma—. Como sea… ¿Qué es lo que está por venir? ¿Por qué sentí que había otro Guerrero cerca de mí?
Suspiró profundamente y esperó, sin apartar en ningún momento la vista. Después de unos minutos de haber formulado su pregunta, su corazón mágico comenzó a brillar de nuevo, con una intensidad que no recordaba haber visto –o sentido– nunca, haciendo que sus piernas perdieran sus fuerzas. Terminó arrodillada sobre el frío suelo de roca rojiza, se vio obligada a cerrar los ojos y fue invadida por una sensación desagradable, que hizo que su cabeza diera vueltas. Segundos después, yacía inconsciente en aquel lugar.
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Despertó con un quejido, literalmente. Se giró sobre el frío suelo, quedando boca abajo, y logró abrir los ojos un poco. Tenía la vista borrosa, pero aún así, pudo distinguir un pequeño brillo proveniente de lo bajo de una de las paredes de aquella habitación. Parpadeó unas cuantas veces mientras intentaba ponerse de pie, pero por más que lo intentó sus piernas seguían demasiado débiles como para mantener su peso. Aún así, se dirigió como pudo hasta aquel brillo, porque sabía lo que era, ya lo había visto una vez, ya había pasado por eso antes, solo que ahora los efectos de haber sido “tocada” –como decía su viejo maestro– por el Fuego habían sido peores.
Se refregó un poco los ojos y entonces pudo distinguirlo con totalidad: seis nuevos nombres habían sido añadidos a la lista de Guerreros Mágicos y brillaban –junto con el suyo, que estaba allí desde hacía unos diez años– con total intensidad. Acercó lentamente su mano a la pared, para pasar sus dedos por sobre las inscripciones y, al instante mismo del contacto, el brillo cesó, permitiéndole ver aquellos nombres. Los nuevos Guerreros habían sido revelados, ahí estaban sus nombres, escritos en un antiguo y ancestral idioma, uno que muy pocos podían entender. Y lamentablemente para ella, sólo conocía a una persona que podría traducir aquello, el problema era que no tenía idea de dónde podría encontrarlo.
Suspiró profundamente, siempre se lamentó no haber podido aprender aquel idioma, pero no podía evitarlo, era prácticamente imposible pronunciarlo y, aún más, recordar los caracteres de su escritura. Esperó hasta que sus piernas estuvieran lo suficientemente fuertes como para poder moverse mejor y se sentó en el piso de piedra, mientras buscaba en los bolsillos de su abrigo su teléfono celular. Era una suerte que ese pequeño aparato tuviera cámara fotográfica, de lo contrario, no tenía idea de cómo haría para llevar a traducir los nombres. Sacó todas las fotos que creyó necesarias y se puso por fin de pie.
— Bien, espero no volver a verte por el resto de mi vida, viejo amigo— dijo, dirigiéndose a aquella llama eterna—, o al menos no por esta razón— agregó luego, para después girar sobre sus talones y salir del templo.
Ahora sólo debía encontrarlo a él. Debía encontrar a aquel único sobreviviente de los legendarios Seres que habían vivido en Marte y en toda la galaxia antes de los actuales Seres Mágicos. El problema era que aquellos Seres Mágicos Primigenios –como se los nombraba en las antiguas leyendas– tenían como Elemento el tiempo. Por lo tanto, Tauth, como se hacía llamar su viejo amigo, podía estar en cualquier punto del tiempo y, por qué negarlo, del espacio.
Suspiró profundamente y miró hacia el oscuro cielo marciano, para luego susurrar a la nada:
— ¿Dónde estás? Te necesito.
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El cielo estaba completamente cubierto de nubes amarillentas, lo que hacía que el lugar se viera bajo una manta sepia a los ojos de todos los seres vivientes que caminaban por allí. Era un planeta a unos cuantos años luz de distancia de Marte, su planeta natal, pero aún así, la gran parte de la población estaba conformada por Seres Mágicos, como el resto de los planetas de la galaxia. Arrugó la nariz al pensar en aquello. Miles y miles de seres viviendo sus vidas tan frívolamente, ajenos a todo lo que estaba ocurriendo en realidad… Ya cambiaría eso, muy pronto.
El hombre, de cabello negro alborotado y piel muy pálida, continuó caminando por las calles de aquella ciudad llamada Dominx, tratando de encontrar su objetivo. Pero no pudo hacerlo, porque cuando estaba a tal solo unos metros de la irritable criatura que pretendía capturar, sintió un punzante ardor en el centro del pecho: su corazón mágico estaba brillando. Resopló con furia, aquello solo podía significar una cosa, la cual no era muy buena, al menos no para sus planes.
— Parece que tendrás nuevos amiguitos, mi querida Hadda…— susurró con una voz suave y armónica, pero que le daría escalofríos hasta al más valiente de los guerreros. Volvió a arrugar la nariz y miró al cielo.
Era hora de regresar al hogar.
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