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17 oct. 2012

Crónicas de una guerra - Capítulo 1



Capítulo 1
La calma antes de la tormenta.

Ya era julio, la fría nieve cubría todo el paisaje y un azotador viento helado soplaba. Si no hubiera tenido esa poderosa y cálida protección, de seguro hubiera muerto hacía horas. El pronóstico no era favorable desde hacía días, habían anunciado una gran tormenta de nieve, y los caminos comerciales y turísticos ya estaban cerrados; pero ella no los necesitaba, de hecho, nadie en ese mundo sabía que ella se encontraba ahí. Candance volvió a gritar, llamando a la persona que estaba buscando. Esa persona no era alguien muy importante, pero aún así debía encontrarla.
La chica, al ver que nada ni nadie se movía en su campo visual, volvió a gritar. Pero, una vez más, no obtuvo respuesta.
— Maldito demonio, ¿dónde rayos estás?— murmuró para sí misma.
Un escalofrío la recorrió, por lo que juntó las palmas de sus manos, como en actitud de rezo. Pero lo que menos hizo fue rezar, ya que sus ojos brillaron por un ínfimo momento, el color cristalino de sus pupilas fue reemplazado por una intensa luz naranja que, apenas llegó a su punto culmine, se apagó, para volver a mostrar los bellos ojos de la chica. El Aura que la rodeaba, que era de un cálido color naranja rojizo, aumentó de tamaño, haciendo que la tibieza que la protegía del frío aumentara.
— ¿A quién se le ocurre esconderse en una montaña tan alta en esta época del año?— refunfuñó, una vez más, en murmullos para sí.
En efecto, el demonio que estaba buscando había decidido que sería muy gracioso esconderse en el Aconcagua, la cima más alta de América, para huir de ella y así evitar que lo llevara a donde debía llevarlo: Marte, el planeta rojo.
Así era, como la ahora única Guerrera Mágica con vida de su generación en el universo, debía seguir manteniendo el balance entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, haciendo labores como aquella, persiguiendo a seres rebeldes tanto de una como de la otra. Y esa vez estaba persiguiendo a un ser de luz que había decidido que su planeta natal, Marte, era demasiado aburrido y debía estar en la Tierra. Pero si solo hubiera sido eso no habría habido problemas, muchos seres mágicos vivían entre los humanos, camuflándose entre ellos, pasando desapercibidos, pero éste no quería tal cosa, ya que estaba muy orgulloso de su naturaleza mágica como para ocultarla de los habitantes terrestres. Y por eso ella lo estaba buscando, porque el dichoso ser se negaba a camuflarse, por lo que debía volver a su planeta natal lo más pronto posible.
— ¡Oh, vamos, Skadi!— volvió a gritar, llamando al demonio de luz— ¡Tengo un examen mañana! ¡Y en verdad debo aprobarlo!
— ¿Y por qué no estás estudiando entonces, Hadda?— se oyó la voz del ser, traída por el frío viento.
Ella sonrió, al fin y al cabo, Skadi era bueno, había luchado junto a ella y sus amigos en la batalla de hacía seis años contra las fuerzas de la oscuridad.
— ¡Sabes que debes llamarme Candance, ese es mi nombre humano!— volvió a gritar ella, y al instante, agudizó el oído.
— ¿Aún sigues con eso?— le llegó desde su izquierda— ¿Por qué sigues viviendo entre los humanos como una más de ellos?
— ¡Porque soy humana, Skadi! ¡Los humanos deben vivir con humanos! ¿¡No lo crees!?
— Pero tú no eres humana, Hadda, eres un ser mágico, ¡una Guerrera Mágica!
— ¡Te encontré!— gritó de repente Candance, que había seguido la voz de Skadi hasta el lugar en donde se estaba escondiendo.
— Si, ya lo veo…— respondió él.
La chica le tendió una mano. El demonio se veía como un humano, aunque algo extraño, debía reconocer: su cabello era completamente blanco, al igual que el color de su piel, aunque ésta era más bien de un blanco ceniza; sus ojos eran negros como la noche, ya que lo único que un ser mágico no puede cambiar cuando se transforma es el color de sus ojos; y llevaba puesto unos jeans grises y un buzo blanco. Si no fuera por el contraste entre sus ojos y su cabello y piel, de seguro pasaría perfectamente como un habitante de cualquier cuidad humana.
Skadi levantó la vista y la observó por unos minutos, luego, golpeó su mano y se puso de pie por sí mismo.
— ¿Por qué sigues negando tu verdadero origen, después de tanto tiempo?
— Primero de todo, no estoy negando nada Skadi, segundo, no pasó mucho tiempo y tercero, hazme caso, no quiero pelear contigo.
— Ni yo contigo, Hadda, pero sí estás negando tus orígenes.
La chica lo miró y se cruzó de brazos— Bien, entonces dime, ¿qué orígenes estoy negando?
— Eres un ser mágico, una Guerrera Mágica… y te vez como una humana, vives como una de ellos y…
— Soy humana Skadi— lo interrumpió ella, al tiempo que se acercaba al ser y le aferraba los dos brazos fuertemente por detrás de la espalda—, si no puedes entenderlo, no lo hagas, pero no me traigas problemas, ¿quieres?
— No eres humana— le dijo en forma de respuesta él, sin resistirse, pero dibujó en su rostro una sonrisa nada amigable—. Eres un ser mágico con todas las letras, al igual que tu madre.
— Mi madre era un poderoso ser mágico, pero mi padre, es humano, un perfecto y encantador humano. Asique yo también soy humana. Ahora camina, ¿quieres?
Skadi no respondió, simplemente se quedó parado, haciendo caso omiso a las palabras de la chica.
— Skadi…— comenzó a decir ella, pero entonces notó que algo andaba mal— ¡Pero qué…! ¡Skadi!
El ser que ella sostenía fuertemente se desvaneció al instante, al tiempo que un insoportable sonido inundaba el lugar, sobrepasando el sonido de la tormenta de viento y nieve. Candance soltó un gruñido, estaba cansada, solo quería volver a su casa y dormir, pero al parecer no podría hacerlo hasta vencer al dichoso demonio.
— ¡Skadi! ¡Ya fuiste demasiado lejos!
— De hecho, Hadda, estoy más cerca de ti de lo que crees— dijo en forma de respuesta y en tono de burla el demonio.
— ¡Agh, basta!— gritó ya harta la chica, al tiempo que hacía que el Aura que la rodeaba se extendiera hacia todos lados, para así esparcir la nieve que caía y derretir la que ya estaba en el suelo.
Todo se aclaró en un abrir y cerrar de ojos, por lo que el ser quedó a la vista de la chica. Ella, sin hacer muchas volteretas, hizo que el mismo Aura se concentrara en la palma de su mano y luego lanzó una poderosa llamarada hacia donde se encontraba el joven. Éste, sin  moverse ni un milímetro, creó un escudo a partir de una onda sonora e impidió que el ataque de la chica le golpeara: el elemento que manejaba el albino era el sonido. Candance volvió a resoplar, y una vez más lanzó una gran llamarada hacia donde se encontraba Skadi. Y así comenzaron  a luchar, pero no era una lucha con todas las letras, ya que simplemente se limitaba a que la chica le lanzara llamaradas producidas de su Aura cada vez más poderosas y el otro se protegiera con su escudo sonoro.
— Saber perfectamente que no llegarás muy lejos si sigues así, Hadda— observó el ser, luego de negar el ataque de la chica una vez más.
Ella no respondió, simplemente sonrió de medio lado, y luego clavó sus ojos en los del joven. Por supuesto que sabía que no iba a llegar lejos si simplemente lanzaba ataques sin sentido contra Skadi, pero en realidad, su objetivo no era detener al demonio con esos ataques, sino distraerlo… Sin decir nada, volvió a atacar, esta vez con un poder mucho mayor, poder que derritió toda la nieve que estaba alrededor de ambos. Cuando el ser intentó repeler el ataque con su escudo, no pudo, sino que fue golpeado por la enorme bola de fuego que había lanzado la chica.
— Te tengo, Skadi— el aludido escuchó la voz de la chica, pero no provenía de la figura que podía ver entre las llamas, de las cuales estaba tratando de protegerse, sino de otro lado.
De la nada, una mano surgió de debajo de la nieve en derretimiento que estaba bajo los pies de demonio y lo agarró fuertemente el tobillo de dicho ser. Luego otra salió también de las profundidades y amarró el otro tobillo, impidiéndole que escapara. Skadi se rodeó automáticamente con un aura blanca e hizo que sus ojos se volvieran completamente blancos, a causa de lo cual sus pupilas y el color negro de sus iris dejaron de distinguirse. Poco a poco, el disfraz humano que vestía el peliblanco se fue desasiendo, para dar lugar a una apariencia nada humana: su verdadera apariencia marciana. Pero no pudo llegar muy lejos, ya que Candance apareció detrás de él, lo tomó por ambos brazos y cruzó los mismos por detrás de la espalda del ser, como si fuera a esposarlo. Y de hecho, eso fue lo que hizo: de sus manos, rodeadas por su aura naranja, surgieron dos anillos de fuego, que rodearon las muñecas de su presa y se cerraron cual esposas.
Skadi comenzó a forcejear, para intentar zafarse de quien lo apresaba, pero no tuvo mucho éxito, ya que una copia exacta de la chica, la que había lanzado el último ataque, apareció frente a él y lo golpeó suavemente en el medio de la frente con sus dedos índice y mayor, que también estaban rodeados de aura anaranjada. Automáticamente, el demonio de luz volvió a su forma humana, dejó de forcejear y sus piernas se ablandaron, haciendo que cayera prácticamente desmayado a los brazos de Candance.
La chica suspiró profundo e hizo desaparecer a sus dos clones –el que sostenía los tobillos del ser y el que lo había desmayado–. Sin muchas más vueltas, la castaña tomó a Skadi por la cintura, lo colgó sobre su hombro izquierdo y comenzó a caminar de regreso por el mismo camino que había tomado para llegar hasta allí.
— Creo que subestimé tu fuerza, Hadda— comentó en un susurro el dichoso Ser Mágico.
— Eso parece— dijo en forma de respuesta ella—, ahora te llevaré a Marte, asique por favor, ¿podrías no volver a hacer locuras como ésta?
— No lo sé, tendré que pensarlo…
— Le diré al Mago Magick que te encierre en la prisión si no haces caso, Skadi— lo amenazó ella.
— Okey, okey, seré un buen chico, de verdad— se retractó el demonio con una vocecita como de cachorro abandonado.
— Más te vale que así sea— le dijo ella.
Luego de llegar a una zona de menor altitud, en donde la tormenta de nieve no era tan intensa, Candance concentró su aura en las plantas de sus pies, levantó apenas el izquierdo y dio un golpecito al suelo, para elevarse. Y, como si la gravedad no existiera, la chica comenzó a flotar como si nada, para luego comenzar a volar a la velocidad del sonido, camino al planeta rojo.
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Para cuando al fin llegó a su casa, el sol se estaba asomando por la ventana. Caminó arrastrando los pies, tirando por el camino la enorme campera bordó y la bufanda marrón, al tiempo que se iba quitando las zapatillas deportivas que llevaba puestas y que ahora estaban completamente rojas, porque habían pisado suelo marciano luego de haber estado en la nieve. Apenas sus rodillas tocaron el borde de la cama, la chica cayó sobre el colchón boca abajo, estaba exhausta, sólo quería dormir, pero lamentablemente no podía hacerlo, ya que debía ir a dar un examen en unas horas. En verdad era un estorbo tener que ir detrás de esos molestos seres mágicos cuando pretendía ser una humana normal y estudiar como todos los demás de su edad.
Se revolvió un poco entre las sábanas, para luego estirar su brazo y alcanzar el teléfono celular que estaba sobre la mesa de noche. No recordaba con exactitud a qué hora había puesto la alarma y, si tenía suerte, podría dormir por lo menos un rato. Cuando alcanzó el aparato, fue al menú “alarma” y observó, para su ingrata sorpresa, que solo faltaba media hora para que sonara dicha alarma, por lo que simplemente la apagó y, luego de dar un par de vueltas más entre las sábanas, se levantó y se dirigió al baño para darse una ducha caliente. Quizás el agua se llevaría con ella el cansancio, el sueño y el mal humor.
Quince minutos después, Candance se estaba vistiendo, con una tostada en la boca, mientras daba un repaso de último momento a los apuntes de clase. La ducha había estado muy bien, de hecho, se había llevado el sueño y el cansancio, pero lamentablemente no el mal humor, por lo que su querida y pacienzuda amiga Sarah debería soportarla en ese estado, al menos hasta que terminaran de rendir.
Unos minutos después, su celular vibró como loco, anunciando la llegada de un mensaje: era de Sarah y estaba en camino. Rápidamente guardó todo en su mochila, se colocó las zapatillas –luego de pasarles un trapo húmedo para quitarles la tierra rojiza‒ y bajó a la calle para esperar a la pelirroja.
— Hola— saludó alegremente la chica, que tenía el cabello húmedo, como ella, evidencia de que también se había duchado antes de salir—, ¿cómo estás?
— Podría decirse que bien— contestó Candance, con una sonrisa.
— Comunícaselo a tu cara— dijo alegremente la chica, mostrando una cara de preocupación muy típica en ella.
— De verdad estoy bien, mamá Sarah— reprochó Candance. Siempre que su amiga se ponía sobre-protectora la llamaba de esa forma, ya que le recordaba a una madre preocupada por su “pequeña” hija.
— Si tu lo dices…
Y sin decir más, marcharon hacia la universidad, apurando el paso, para no llegar sobre la hora y poder conseguir buenos lugares para dar el examen.

El dichoso examen fue sencillo, por suerte para Candance –que no había podido dormir‒ y para su amigo Diego, el cual había tenido otro examen el día anterior. Una vez el trío –ya prácticamente inseparable– salió del aula, se dirigieron hacia el comedor de la facultad, para comer un merecido desayuno y para descansar un poco la mente. Las dos chicas y el chico se sentaron en una pequeña mesa con cuatro sillas luego de comprar café y galletas. Pasaron un largo rato charlando alegremente, durante el cual el mal humor de Candance se iba esfumando poco a poco… Pero no tardaría en reaparecer.
En cierto momento, una chica de cabello negro azabache y ojos celestes se les acercó alegremente, su nombre era Ana y cursaba con ellos. Habían hablado ya en muchas ocasiones, eran buenos compañeros y, aunque aún no tenían la suficiente confianza para llamarse amigos, habían estudiado varias veces juntos. La chica los saludó y pidió permiso para sentarse en la silla que había quedado vacía, pedido que obviamente aceptaron. Pero la guerrera mágica se quedó estupefacta cuando la recién llegada tomó asiento: un escalofrío recorrió su espina dorsal, erizándole los vellos de la nuca, a la vez que un extraño pero conocido calor surgía desde el centro de su pecho y se expandía por todos los rincones de su cuerpo. Pero no sólo eso, había algo más, algo por lo cual Candance supo que se trataba de una jugarreta de sus poderes: su corazón mágico, ese pequeño y odioso “estuche” en donde estaba encerrada toda su energía mágica y su vida en sí, comenzó a vibrar dentro suyo como loco, a la vez que parecía arder en llamas. Casi por instinto, se llevó una mano al pecho, apretándolo fuertemente, como intentando calmar el dolor que empezaba a sentir, más no pronunció sonido alguno y se las arregló para que los demás no se dieran cuenta. Suspiró profundamente y se mordió el labio inferior, controlándose para no lanzar una maldición, mientras se ponía de pie lentamente.
— ¿Candance?— preguntó con extrañeza y preocupación Diego, observando como la chica se paraba— ¿Qué ocurre?
— Nada— mintió ella, apoyando ambas manos sobre la mesa y agregando, mientras comenzaba a caminar—. Voy al baño— volvió a mentir. Aunque no fuera de su agrado, ya estaba acostumbrada a mentirle a sus amigos y en realidad a todos aquellos que la rodeaban en la tierra, ya que lo había empezado a hacer desde que había descubierto que no era completamente humana. Al principio, obviamente, le parecía y extraño e intentaba evitarlo lo más posible, pero con el correr de los años ya le era completamente normal mentir y ocultar sus sentimientos y pensamientos a los demás. Ésa era una de las razones por las cuales había cerrado su ser prácticamente al mundo entero, siendo sólo unos pocos los que llegaban a agradarle y ella a ellos.
Se dirigió en dirección al baño, pero no fue hacia ese lugar, sino que subió las escaleras del edificio hasta llegar al último piso. Una vez allí, se escabulló por una puerta de metal, que tenía colgado un cartel de “prohibido pasar” y subió por la escalera de metal en forma de caracol que daba a la azotea de la facultad. Sólo cuando se cercioró de que nadie podía estar allí y de que tampoco podían verla desde ningún lado, se apoyó contra la pared y, rodeándose de su característica aura del color del fuego, hizo que aquel estuche al que llamaban “corazón” saliera de su cuerpo. Aquel pequeño artefacto se materializó en su mano: estaba emitiendo una brillante luz naranja y vibraba, dando pequeños saltos sobre su palma.
— Que te pasa ahora, maldita cosa— susurró entre dientes. No podía creer que estaba viendo aquello. Hacía años que su corazón no reaccionaba de esa forma y, de hecho, hacía mucho tiempo que no lo tenía entre sus manos, ya que no había vuelto a tener la necesidad de sacarlo de su cuerpo desde el incidente que acabó con la vida de los demás guerreros mágicos, y amigos. Lanzó un largo suspiro, mientras iba deslizándose por la pared hasta quedar sentada en el suelo—. Tu sólo me traes malas noticias cuando te pones así… ¿por qué justo ahora lo haces? ¿Eh?— cerró el puño, apretujándolo, como pretendiendo romperlo. Aún así, no ejerció demasiada presión, ya que si esa pequeña cosita se rompía, también lo haría ella, su vida y su cuerpo simplemente se desintegrarían, sin dejar rastros y eso, de seguro, haría que sus amigos se preocuparan y por consiguiente todos los demás y en verdad no quería molestarlos con algo como eso. Si alguna vez tomaba la decisión de romper su corazón, lo haría cuando no tuviera a nadie esperando por ella, cuando estuviera sola quizás, en algún lugar aislado o algún otro planeta.
Volvió a suspirar profundamente y levantó la mirada hacia el cielo. Su corazón sólo se ponía de esa forma cuando alguien más como ella estaba cerca. Se mordió el labio inferior, que su corazón estuviera brillando de tal forma no sólo significaba que había un Ser Mágico cerca, sino que, además, ese Ser Mágico era un Guerrero Mágico. Volvió a suspirar, para luego ponerse de pie y “guardar” su corazón dentro de su cuerpo. Algo no estaba bien, se suponía que, luego de que el resto de los Guerreros muriera en aquella batalla, el Fuego no revelaría a la siguiente generación hasta que algo verdaderamente malo estuviera por pasar… y hasta que todos y cada uno de los guerreros de la anterior generación estuvieran muertos o hubieran renunciado a su deber. Podía entender que algo se estuviera aproximando, una tormenta que destruyera el equilibrio una vez más, pero no entendía por qué habrían de revelarse los próximos guerreros, después de todo, ella seguía viva y no había renunciado a nada; aunque debía admitir que más de una vez lo había pensado.
Sin perder más tiempo, se dispuso a volver con sus amigos. Luego, por la tarde –y luego de dormir unas cuantas horas– iría a hablar con Magipcian Magick, su mentor y antiguo Guerrero del Viento, para que le diera algunas explicaciones. No le agradaba aquello, especialmente porque su corazón se había vuelto loco en el preciso instante en que Ana se había acercado a ella.
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Llegó completamente exhausta, ya no podía más, lo único que deseaba hacer en ese momento era apoyar su cabeza en una almohada y dormir, dormir mucho. Pero, por más que lo había intentado, no podía hacerlo, debía hablar con su ex maestro y hacerle preguntas, muchas preguntas, o su maldita consciencia seguiría quitándole el sueño.
— Candance— dijo el hombre cuando la vio parada frente a la puerta—, no te ves muy bien.
— Claro que no, no dormí en toda la noche y por la mañana rendí un examen— respondió ella con voz monótona, estaba de muy mal humor, siempre lo estaba cuando no podía dormir.
— Pasa— dijo en forma de respuesta el hombre, dejándola pasar a su casa.
Él había sido su maestro desde hacía seis años, cuando empezó a entrenar para convertirse en una guerrera. Era un hombre muy alto, le llevaba más de dos cabezas, tenía el cabello plateado y sus ojos eran violetas; su piel era blanquecina y brillante, como hecha de porcelana y, aunque probablemente tuviera más de cien años, no aparentaba más de veintitantos.
La chica, sin decir nada, se dejó caer en una silla, para luego apoyar su cabeza en la mesa que tenía enfrente. Cerró los ojos por un momento, en verdad quería dormir. El hombre se sentó frente a ella y la miró, esperando a que la joven hablara.
— Magick— dijo ella, aún con la cabeza apoyada en la mesa.
El hombre aguardó unos minutos antes de contestar— Hace mucho que no me llamas así, y eso nunca es bueno, ¿qué ocurrió?
— Yo debería preguntarte eso a ti, mago, no al revés— dijo ella en forma de respuesta, sin salir de su posición—. Pero aún así, preguntaré algo distinto— levantó la cabeza de su lugar y lo miró fijo a los ojos— ¿Qué está pasando, Magick?
Los bellos y extraños ojos del hombre, con sus pupilas violetas, mostraron a la perfección la sorpresa de él ante la pregunta de Candance. Aún así, su rostro no se inmuto, y mucho menos su voz cuando habló:
— ¿De qué hablas?
Ese maldito viejo tenía una habilidad increíble para evadir sus preguntas, pensó la chica, con frustración. No tenía ganas de explicar todo, porque sabía a la perfección que él sabía de lo que le estaba hablando, sólo se estaba haciendo el idiota. Suspiró profundo y clavó sus cristalinos ojos en los violetas del hombre, para luego decir:
— Sabes de lo que hablo.
— ¿Tiene que ver con Skadi?
— ¡No! Bueno, quizás en parte, después de todo, por su culpa no pude dormir anoche. Pero la verdadera razón no es esa.
— Perdóname, pero sabes que eres la única que puede hacer ese tipo de cosas.
— Claro que si… pero si alguien hubiera ido a ayudarnos hace seis años, con certeza no sería la única.
— ¿Otra vez con eso? Te lo dije mil veces, no hubiera podido ayudarlos… de hecho no pude hacerlo, no porque no quisiera, y lo sabes.
— Ya no sé lo que se.
— Okey… ¿me vas a decir que es lo que te pasa, Hadda?
Ella hizo una mueca de asco al escuchar su propio nombre. Él sabía a la perfección que no le gustaba para nada que la llamaran así, pero todavía insistía en usarlo para molestarla. Lo miró con odio, pero luego suspiró profundamente (para tranquilizarse un poco) y le contestó:
— He vuelto a sentirlo, eso es lo que me pasa.
— ¿Qué? ¿De verdad?— por alguna extraña razón, el hombre no había captado la voz de enojo y frustración de Candance y había hablado con total alegría.
— No es nada gracioso, ¿sabes?— lo interrumpió ella antes de que el hombre pudiera seguir hablando— Y borra esa sonrisa de tu rostro, o lo haré yo de un puñetazo— agregó, mirándolo con más odio que anteriormente.
— De acuerdo, de acuerdo. Pero debes saber que es muy bueno que hallas podido sentir eso una vez más, eso quiere decir…
— Que mis problemas empeorarán una vez más— volvió a interrumpir la chica.
— No digas eso— la contradijo él, con una voz que pretendía impulsar ánimo en la joven—. Que lo hallas vuelto a sentir quiere decir que tendrás ayuda, ¿y no es eso lo que quieres?
— Me estás bromeando, ¿verdad?— dijo con un tono ácido y retórico la castaña.
— Candance…— dijo el hombre de cabello plateado.
— ¡Entonces dime qué rayos es lo que está pasando!
— De verdad no tengo idea, créeme.
— Ya no sé qué es lo que puedo creerte o no.
— ¿Por qué dices eso?— preguntó con desilusión el proclamado mago.
— Porque me has mentido muchas veces, Magick, y me prometí a mí misma intentar comprender cada una de tus artimañas para engañarme y así jamás volver a caer en ellas.
— ¿Eso hiciste?
Candance no respondió, solo se lo quedó mirando en completo silencio, y sin despegar su mirada de los violáceos ojos del hombre. Si hubiera podido lanzar rayos por sus ojos, de seguro hubiera matado al Mago Magick, y de haber tenido un cuchillo, se habría podido cortar el aire con él, a causa de la gran tención que había inundado la habitación  de repente.
El mago, al ver que ella no pretendía desistir de su actitud, y como conocía a la perfección su personalidad, suspiró profundo y le dijo:
— Puedes ir a ver el Fuego Primigenio por ti misma si quieres, pero de verdad que no ha pasado nada, o al menos yo no lo he percibido.
La chica se puso de pie bruscamente, sobresaltando a su interlocutor; luego se dirigió a la puerta de salida y, antes de marcharse, le respondió:
— De acuerdo, iré a ver al Fuego, pero si me encuentro con que es mentira, tendrás que olvidarte de mí definitivamente, y es mi última palabra.
— Está bien— respondió el hombre con algo de tristeza en la voz.
Y sin decir más, la chica de ojos como el agua se fue. El hombre se quedó entonces completamente solo. Lo único que hizo fue lanzar un largo suspiro y mirar hacia el techo. Estuvo unos cuantos minutos en esa posición, hasta que habló, como dirigiéndose al mismo techo:
— ¿Podrías simplemente dejar de ponernos tantos obstáculos de una vez por todas?
Y sin decir más, cerró los ojos, dejando que el tiempo transcurriera a su antojo, tarde o temprano todo terminaría, aunque fuera de una forma drástica y triste, pero terminaría.
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Minutos más tarde se encontraba en la entrada de lo que parecía ser un antiguo templo egipcio: un gran portal hecho de piedra, con dos grandes columnas redondeadas a los costados, gravado con muchas inscripciones. No se detuvo a mirarlo, había estado muchas veces en ese lugar y, por más que jamás dejaría de sorprenderla la arquitectura del lugar, en esa ocasión no tenía tiempo… ni humor. Entró sin más al oscuro templo y comenzó a caminar por el pasillo principal, iluminándose el camino con una pequeña llama producida por ella misma. Las paredes del lugar también tenían inscripciones, desde el techo hasta el piso, en el idioma de los habitantes de Marte. Caminó hasta el final del corredor, y se paró frente a lo que parecía ser una pared más del lugar, solo que ésta tenía absolutamente nada escrito. Llevó una de sus manos justo al centro de la liza roca y, luego de rodear la misma con su aura, la pared comenzó a moverse. Era un sencillo sistema de activación por aura, para que sólo los Seres Mágicos pudieran abrirla; después de todo, había muchas especies en el universo.
La habitación que apareció ante sus ojos era pequeña, pero apenas entró, pudo sentir la enorme y antigua energía que resguardaba. Una vez más, las tres paredes que formaban la habitación estaban repletas de inscripciones. Leyendas, mitos, nombres, acontecimientos históricos, todo lo que era importante para los Seres Mágicos se hallaba gravado en aquellas paredes, resguardadas por el origen de todo: el Fuego Primigenio.
Apagó la llama que mantenía encendida en su mano, después de todo, ahí estaba la cosa más hermosa y mítica que había visto jamás, brindándole luz y calor. El Fuego Primigenio era precisamente eso, fuego. Las leyendas decían que todos los Seres Mágicos provenían de él, no literalmente claro, pero sí sus poderes. Aquella llama, que había estado encendida desde el principio de la historia de su especie –algunos decían que desde el principio del universo mismo, pero ella no lo creía–, era la que mantenía a los Guerreros Mágicos vivos.
Cada diez años, siete nuevos nombres eran gravados en las paredes de aquel templo. Nadie lo hacía, era el mismo fuego quién escribía los nombres de los futuros guerreros. Y éstos sólo eran revelados cuando el Equilibrio era amenazado o los Guerreros habían muerto o renunciado. Normalmente, era el Guerrero del Fuego, por tener la misma esencia que el Fuego Primigenio, al cual se les eran revelados los nuevos Guerreros, pero si él había muerto, si todos habían perecido, se decía que todos los Seres Mágicos de la galaxia eran llamados al templo, para que encontraran a los próximos defensores del equilibrio. Esto último jamás había ocurrido, siempre quedaba uno en pie: después de todo, los Guerreros Mágicos eran los guerreros mejor entrenados de la galaxia.
— Bien viejo amigo… ¿o debería decir enemigo?— susurró Candance, sin quitar la vista de la enorme llama. Lanzó un suspiro de risa, más de una vez había pensado que estaba loca por hablarle a una llamara de fuego dentro de una habitación hecha de piedra, pero si había algo en lo que creía, era en que aquella cosa podía responderle, de alguna u otra forma—. Como sea… ¿Qué es lo que está por venir? ¿Por qué sentí que había otro Guerrero cerca de mí?
Suspiró profundamente y esperó, sin apartar en ningún momento la vista. Después de unos minutos de haber formulado su pregunta, su corazón mágico comenzó a brillar de nuevo, con una intensidad que no recordaba haber visto –o sentido– nunca, haciendo que sus piernas perdieran sus fuerzas. Terminó arrodillada sobre el frío suelo de roca rojiza, se vio obligada a cerrar los ojos y fue invadida por una sensación desagradable, que hizo que su cabeza diera vueltas. Segundos después, yacía inconsciente en aquel lugar.
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Despertó con un quejido, literalmente. Se giró sobre el frío suelo, quedando boca abajo, y logró abrir los ojos un poco. Tenía la vista borrosa, pero aún así, pudo distinguir un pequeño brillo proveniente de lo bajo de una de las paredes de aquella habitación. Parpadeó unas cuantas veces mientras intentaba ponerse de pie, pero por más que lo intentó sus piernas seguían demasiado débiles como para mantener su peso. Aún así, se dirigió como pudo hasta aquel brillo, porque sabía lo que era, ya lo había visto una vez, ya había pasado por eso antes, solo que ahora los efectos de haber sido “tocada” –como decía su viejo maestro– por el Fuego habían sido peores.
Se refregó un poco los ojos y entonces pudo distinguirlo con totalidad: seis nuevos nombres habían sido añadidos a la lista de Guerreros Mágicos y brillaban –junto con el suyo, que estaba allí desde hacía unos diez años– con total intensidad. Acercó lentamente su mano a la pared, para pasar sus dedos por sobre las inscripciones y, al instante mismo del contacto, el brillo cesó, permitiéndole ver aquellos nombres. Los nuevos Guerreros habían sido revelados, ahí estaban sus nombres, escritos en un antiguo y ancestral idioma, uno que muy pocos podían entender. Y lamentablemente para ella, sólo conocía a una persona que podría traducir aquello, el problema era que no tenía idea de dónde podría encontrarlo.
Suspiró profundamente, siempre se lamentó no haber podido aprender aquel idioma, pero no podía evitarlo, era prácticamente imposible pronunciarlo y, aún más, recordar los caracteres de su escritura. Esperó hasta que sus piernas estuvieran lo suficientemente fuertes como para poder moverse mejor y se sentó en el piso de piedra, mientras buscaba en los bolsillos de su abrigo su teléfono celular. Era una suerte que ese pequeño aparato tuviera cámara fotográfica, de lo contrario, no tenía idea de cómo haría para llevar a traducir los nombres. Sacó todas las fotos que creyó necesarias y se puso por fin de pie.
— Bien, espero no volver a verte por el resto de mi vida, viejo amigo— dijo, dirigiéndose a aquella llama eterna—, o al menos no por esta razón— agregó luego, para después girar sobre sus talones y salir del templo.
Ahora sólo debía encontrarlo a él. Debía encontrar a aquel único sobreviviente de los legendarios Seres que habían vivido en Marte y en toda la galaxia antes de los actuales Seres Mágicos. El problema era que aquellos Seres Mágicos Primigenios –como se los nombraba en las antiguas leyendas– tenían como Elemento el tiempo. Por lo tanto, Tauth, como se hacía llamar su viejo amigo, podía estar en cualquier punto del tiempo y, por qué negarlo, del espacio.
Suspiró profundamente y miró hacia el oscuro cielo marciano, para luego susurrar a la nada:
— ¿Dónde estás? Te necesito.
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El cielo estaba completamente cubierto de nubes amarillentas, lo que hacía que el lugar se viera bajo una manta sepia a los ojos de todos los seres vivientes que caminaban por allí. Era un planeta a unos cuantos años luz de distancia de Marte, su planeta natal, pero aún así, la gran parte de la población estaba conformada por Seres Mágicos, como el resto de los planetas de la galaxia. Arrugó la nariz al pensar en aquello. Miles y miles de seres viviendo sus vidas tan frívolamente, ajenos a todo lo que estaba ocurriendo en realidad… Ya cambiaría eso, muy pronto.
El hombre, de cabello negro alborotado y piel muy pálida, continuó caminando por las calles de aquella ciudad llamada Dominx, tratando de encontrar su objetivo. Pero no pudo hacerlo, porque cuando estaba a tal solo unos metros de la irritable criatura que pretendía capturar, sintió un punzante ardor en el centro del pecho: su corazón mágico estaba brillando. Resopló con furia, aquello solo podía significar una cosa, la cual no era muy buena, al menos no para sus planes.
— Parece que tendrás nuevos amiguitos, mi querida Hadda…— susurró con una voz suave y armónica, pero que le daría escalofríos hasta al más valiente de los guerreros. Volvió a arrugar la nariz y miró al cielo.
Era hora de regresar al hogar.
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